El escucha familiar en la atención psicoanalítica individual1Descargar este archivo (5 - El escucha familiar en la atención psicoanalítica individual.pdf)

Regina Márcia Manicardi Vaz2

Universidade Católica de Pernambuco

Maria Consuêlo Passos3

Pontifícia Universidade Católica de São Paulo

Resumen

El objetivo de este artículo es discutir el escucha familiar en la atención psicoanalítica individual. Partimos del principio de que el psiquismo individual se conforma en una dimensión grupal de asociaciones inconscientes, pactos y defesas. Así, el escuchar familiar en la atención individual está orientada hacia la presencia “psíquica” del grupo en las expresiones del sujeto. A partir de eso, discutimos algunos aspectos que guían nuestra propuesta de escucha: el carácter intersubjetivo de la constitución psíquica; la familia como grupo primario en ese proceso; los lazos familiares y sus dimensiones narcisistas y libidinales; la transmisión psíquica entre generaciones y la actualidad de las manifestaciones psíquicas de sufrimiento. Creemos que esta propuesta podrá contribuir para una discusión de la clínica psicoanalítica a través de un escucha que enfatice el sujeto constituido en la familia y al mismo tiempo coadyuvar a la discusión de la clínica psicoanalítica a partir de un escucha que enfatice al sujeto construido en la familia.

Palabras clave: escuchar psicoanalítico, familia, vínculos, constitución psíquica, clínica individual.

 

Resumo

O objetivo desse artigo é discutir a escuta da família no atendimento psicanalítico individual. Partimos do princípio de que, o psiquismo individual se constitui a partir de uma dimensão grupal de alianças inconscientes, pactos e defesas. Assim, a escuta da família no atendimento individual está voltada para a presença “psíquica” do grupo nas expressões do sujeito. A partir disso, discutimos alguns aspectos que orientam nossa proposta de escuta: o caráter intersubjetivo da constituição psíquica; a família como grupo primário nesse processo; os vínculos familiares e suas dimensões narcísicas e libidinais; a transmissão psíquica entre gerações; a atualidade das manifestações psíquicas de sofrimento. Acreditamos que essa proposta poderá contribuir para uma discussão da clínica psicanalítica a partir de uma escuta que enfatize o sujeito constituído na família.

Palavras-chave: escuta psicanalítica, família, vínculos, constituição psíquica, clínica individual.

 

Introducción

Los estudios de Kaës (2011) han sido importantes referencias para las aproximaciones al psiquismo desde una perspectiva grupal, directamente involucrada en la conformación de la subjetividad y sus expresiones que rebelan tanto la salud como el sufrimiento psíquico de los sujetos. Kaës (2011) hace pensar en una semejanza entre el sujeto del inconsciente y el sujeto del vínculo. En este trabajo nos interesa, de manera especial, reflexionar sobre el sujeto singular que se constituye psíquicamente en el grupo familiar (plural).

Abordar el psiquismo individual como un singular plural (Kaës, 2011), ha tenido implicaciones importantes en la clínica, espacio en que ocurre el escuchar del paciente y propone una amplificación de la conciencia de sí mismo. El método psicoanalítico tiene, como una de sus propuestas, hacer consciente lo que está inconsciente y, en ese sentido, es importante la inclusión de las cuestiones inconscientes de la transmisión psíquica transgeneracional, de las alianzas y pactos, de la paternidad y de la conyugalidad.  Esa manera de pensar también ayuda en la clínica en la medida en que hace posible la contextualización grupal de la producción del síntoma.

La propuesta de este estudio no se refiere a un escuchar del paciente que nos cuenta sobre su familia, pues eso ya ocurre, inevitablemente, en el análisis. En su discurso, el paciente relata conflictos, afinidades y otras experiencias con los miembros de su familia, lo que no necesariamente, pone en evidencia cómo ese grupo está involucrado en su constitución psíquica. Por lo tanto, nos interesa tratar un escuchar que ponga en evidencia, en ese discurso, los elementos grupales del psiquismo familiar, constitutivos de su subjetividad.

De esta manera, el escuchar de la familia en la atención individual está orientado hacia la presencia psíquica del grupo en las expresiones del sujeto, esto se contrapone con la atención familiar que ya ocurre en el psicoanálisis, donde el escuchar ocurre en la presencia física del grupo. Esa presencia psíquica se presenta como una herencia, la cual podrá obstaculizar la conformación del sujeto miembro del grupo si no puede ser apropiada, aceptada, negada o transformada por éste. Si no hubiera ese procesamiento y esas elecciones, la representación de esos vínculos podría quedar enquistada en el psiquismo. En ese sentido, la relación analítica promueve un encuentro intersubjetivo que favorece el trabajo psíquico de concientización y elaboración de esa herencia familiar. Se ofrece al paciente no solo una condición para que las marcas relacionales sean revividas en un espacio transferencial. Ese encuentro es, además, una condición de conformación subjetiva, en la que lo inédito modifica lo que fue registrado, interrumpiendo la repetición y abriéndose frente a la constitución de nuevos sentidos.

Creemos que esta propuesta podrá contribuir en la discusión de la clínica psicoanalítica a partir de un “escuchar más allá del sujeto”, o sea, un escuchar que enfatice el sujeto constituido en la familia, tratando de observar los aspectos grupales que repercuten en sus sufrimientos y síntomas. A partir de aquí destacamos algunos aspectos importantes a ser discutidos que guíen nuestra propuesta de escuchar: el carácter intersubjetivo de la conformación psíquica; la familia como grupo primario en ese proceso, los lazos familiares y sus dimensiones narcisistas y libidinales; la transmisión psíquica entre generaciones; la actualidad de las manifestaciones psíquicas de sufrimiento y algunas consideraciones más específicas sobre el escuchar de la familia en la atención individual.

1. El carácter intersubjetivo de la constitución psíquica

En grupo somos grupales,es decir, trabajamos psíquicamente para elaborar ese encuentro, por medio de mecanismos psíquicos típicos que permiten un acuerdo entre las partes, siendo solamente una experiencia intrapsíquica que representa el otro a partir de sí mismo.

Al psicoanálisis le interesa, particularmente, estudiar cuáles son las condiciones psíquicas fundamentales para el proceso de subjetivación y cómo la dimensión grupal de la experiencia humana se involucra y conforma la singularidad. Cómo el inconsciente, la realidad psíquica, los objetos internos, los mecanismos de defensa del Yo, las identificaciones (cuestiones narcisistas y superyoicas) se constituyen en el procesamiento de la dimensión subjetiva, tomándose en cuenta lo individual y lo grupal.,

Freud (1921a, p.83) ya se preguntaba en Psicología de grupo y análisis del yo: “¿Qué es entonces un grupo? ¿Cómo adquiere él la capacidad de ejercer influencia tan decisiva sobre la vida mental del individuo? Y, ¿cuál es la naturaleza de la alteración mental que ejerce en el individuo?” Esos cuestionamientos nos muestran que, aunque su atención recaía en la dimensión intrapsíquica del ser humano, el psicoanálisis pretende también estudiar lo que es del orden de la pluralidad del grupo con características propias.

El Psicoanálisis de Grupos y de Familia, teniendo a Kaës (2006, 2011) como uno de sus principales colaboradores, propone que el psiquismo sea considerado también en su dimensión intersubjetiva. Sus estudios tratan de demostrar metapsicológicamente que la intersubjetividad marca indiscutiblemente el psiquismo, promoviendo una exigencia de trabajo por su relación con lo grupal (con el aparato grupal), tal como trabaja psíquicamente y elabora representaciones posibles por su relación con lo corporal (en el aparato individual). Es por esa condición que los estudios sobre grupos y familia se orientan hacia una constitución psíquica donde el grupo precede al sujeto (Kaës, 1997).

Kaës propone un estudio de los procesos inconscientes que estructuran la realidad grupal y pueden determinar, por su parte, la realidad psíquica de los individuos en una situación intersubjetiva. Su atención recae en la cuestión principal de cómo “se convierte el yo en un conjunto intersubjetivo” (2011,pag. 15).

Él se pregunta qué es lo que sería específico del grupo que se volvería constitutivo del psiquismo individual y revela que los mecanismos psíquicos involucrados en ese agrupamiento de individuos pueden fortalecer la dimensión de la alteración y de la determinación constitutiva del psiquismo individual.

Dentro de esos mecanismos, Kaës (2011, p. 198) destaca las alianzas inconscientes como base principal en la cual podemos identificar la imbricación con los vínculos. Desde el punto de vista de  Kaës (2011, p. 199), las alianzas inconscientes sirven al sujeto singular brindándole “derechos” y “deberes”.

Derecho a la compañía de otro sujeto u otros con quien o quienes pueda complementar psíquicamente aquello qué estando solo no podría. Cabe aquí hacer mención de la función continente del grupo de las partes negadas, proyectadas, excluidas y psíquicamente no elaboradas.

Los deberes tienen una correspondencia con lo que podemos llamar de “desvanecimiento” del yo, quedando ininteligible la posibilidad de “separar y reconocer lo que es propio de cada sujeto, lo que es de la relación y lo que es de la realidad psíquica del conjunto” (Kaës, 1997, p. 197). Ese deber pone muchas veces al sujeto del grupo en una posición de renuncia a su propia individualidad de pensamientos, fantasías, deseos y realizaciones. Ese proceso es inconsciente y puede llevar a manifestaciones de sufrimiento psíquico que están correlacionadas más con los vínculos que con la realidad psíquica interna o conflicto de instancia del aparato psíquico individual.

A través de esas nociones, Kaës (2011. Pag. 51) organiza su pensamiento sobe grupos y propone una fórmula esencial: “el sujeto del inconsciente es, de manera indisociable, el sujeto del grupo y que, de modo correlacionado, el sujeto del grupo es una dimensión del sujeto del inconsciente”.

La particularidad de esa consideración plural de la constitución psíquica también pone en evidencia la relación existente entre la manifestación de síntomas y el funcionamiento del grupo “lo que es reprimido en el síntoma es el contexto que lo hace inteligible” (Phillips, 2006, p.84), y en ese caso el contexto está relacionado al grupo, a la intersubjetividad. El psiquismo promueve una formación de compromiso para atender a la posición plural de su constitución y eso puede configurar síntomas. La concepción de este autor sobre lo que ocurre entre los sujetos en grupo resalta que la vivencia en grupo siempre es la de “un grupo secundario en relación al grupo primario que es la familia”. Relaciones de objeto, identificaciones, complejos, recuerdos, mecanismos de defensa, ciertos significantes y ciertas representaciones, lugares posiciones y funciones son constituidas por medio de los vínculos vividos por el sujeto en el grupo primario. Son esas formaciones las que serán transportadas hacia los grupos secundarios desde la infancia. Así, “El grupo primario es el espacio y el proceso en que el Yo puede sobrevivir.”, nos dice Kaës en su libro Un Singular Plural (Kaës, 2011, p.15). Mientras tanto, el Yo podrá sobrevivir si hubiese otro Yo con el cual pueda compartir un espacio psíquico.

En ese sentido, la noción y conceptualización de vínculos familiares se vuelve relevante cuando hablamos en la constitución psíquica, de alianzas inconscientes y configuraciones de la subjetividad.

2. Vínculos familiares y su origen

Los vínculos son procesamientos psíquicos que hablan respecto a cada miembro en particular (en el sentido de su existencia en sí y no sólo como producto de proyecciones) y, al mismo tiempo, engloban la condición intersubjetiva de la pareja. En realidad podemos decir que, más allá de la intersubjetividad, los vínculos familiares también son constituidos a partir de la condición transubjetiva de los miembros del grupo. Las relaciones intersubjetivas dicen respecto al encuentro de dos o más sujetos en un determinado período y las transubjetivas se relacionan con un conjunto de individuos a través de generaciones.

Cada sujeto participa de diversas configuraciones vinculares en las cuales es posible ser al mismo tiempo marido, padre de su hijo, hijo de su padre, hermano de su hermano. Esas consideraciones son importantes porque proponen una mirada hacia las relaciones interpersonales a partir de esa matriz relacional familiar. Se entiende que ese individuo establece sus relaciones en una “reactivación” de esa matriz, de acuerdo con re-vivencias transferenciales, reproduciendo inconscientemente, en sus relaciones actuales, la posición subjetiva que asumió al frente de una configuración familiar.

La manera como son asimiladas, aprendidas e introyectadas esas referencias es tarea de las leyes y reglas internas que mantienen sus miembros en un relacionamiento recíproco. En éste se destacan algunos elementos que son puestos en la constitución psíquica individual, de los cuales podemos citar los vínculos narcísticos (alianzas inconscientes, contrato y pacto narcisista y pertenencia); libidinales (filiación, alianza y consanguinidad); y la transmisión psíquica entre generaciones (movimiento identificatorio, inter y transgeneracionalidad) como formaciones que dependen de una participación individual y grupal, determinando modificaciones que dependen de una participación individual y grupal, determinando modificaciones y formaciones psíquicas específicas en el psiquismo singular que pueden contribuir tanto para la salud cuanto para la enfermedad y sufrimiento psíquico (Eiguer, 1985).

Los llamados vínculos narcisísticos son constituidos a partir de una inversión narcisista, en la cual existe la participación del “no yo” que cada miembro aporta  al colectivo (Eiguer, 1985).

Esa inversión psíquica, a la cual somos sometidos desde la infancia, es la que garantiza la atención a nuestra condición de dependencia. Es la presencia del otro la que pueda hacer la función para-exitatoria, regulando el encuentro del psiquismo incipiente con el todo externo que nos proporciona ese soporte inicial.

Esa tarea es llamada función materna y es realizada principalmente por la madre, mas no solamente por ella. Debido a esa condición de necesidad tenemos que ser deseados para que podamos existir.

Los llamados vínculos narcisistas (Eiguer, 1985) dan cohesión y sustentan al grupo en un “yo familiar”, cimentando y dando solidez al sentimiento de pertenencia. El nuevo miembro acepta esa alianza para poder ser nutrido y existir, así como sus padres lo hicieron en relación con sus propios padres (los abuelos), heredándose los ideales, las reglas, las alianzas que regulan las realizaciones de deseos inconscientes, etc.

En ese contexto, nos llama la atención en la clínica que el sufrimiento psíquico puede resultar de esas alianzas, pues, aquello que es del sujeto puede entrar en conflicto con la alianza grupal y una manifestación de sufrimiento puede resultar en forma de síntoma en un miembro de la familia. Ese miembro sirve como un “emisor” de esa alianza del grupo, denunciándola aunque sea totalmente inconsciente para el sujeto. Ese proceso de exigencias de trabajo psíquico puede acarrear ausencia de pensamientos y anulación de límites del yo o una parte de la realidad psíquica individual en nombre de la regulación del funcionamiento del grupo.

Eso nos interesa, puesto que ese mecanismo acarrea un no trabajo psíquico como nos dice Kaës (2011), en el sentido de evitar algunas representaciones psíquicas, negando su inclusión en el camino asociativo de la percepción. En esa configuración, la alianza se vuelve un “pacto de negación” término propuesto por  Kaës (1989, citado por Kaës, 2011, p. 204) y que designa “ciertos arreglos establecidos inconscientemente entre los miembros de una familia a manera de evitar el contacto con representaciones y afectos experimentados como imposibles de elaboración psíquica” (Mandelbaum, 2010, p. 117). Ese pacto de negación es la cara no saludable de las alianzas inconscientes en la familia, aquella que no favorece a la construcción del psiquismo, pero sí lo inmoviliza y retira el acceso y fluidez de las representaciones posibles para una determinada experiencia. La fusión que el miembro denunciante tiene es la de ser y actuar esa parte rechazada o recalcada de un miembro o todo el grupo. Se subjetiva para sustentar lo que debe ser olvidado en otro yo del grupo.

Las alianzas promueven, sin duda, la construcción en carácter positivo del psiquismo, sin embargo, al mismo tiempo, su modalidad de pacto de negación obstaculiza el funcionamiento psíquico produciendo síntomas.

El concepto de alianzas inconscientes nos ayuda a comprender de qué forma el grupo familiar mantiene su cohesión y permanencia, reforzando el conjunto intersubjetivo que perpetua el grupo a lo largo de las generaciones.

Por lo tanto, es importante que los sujetos en la familia se orienten hacia un tipo de relación en la cual el otro sea reconocido como diferente realizando un trabajo psíquico que no sólo se base en una experiencia narcisista y sí en una relación objetal libidinal.  Ese reconocimiento de lo diferente queda regulado en la familia por los vínculos libidinales (Eiguer, 1985): de alianzas (esposo-esposa o pareja), de filiación (padres-hijos o parental) y de consanguinidad (hermanos o fraternal). Según  Eiguer (1985), los vínculos libidinales son los que darán la forma definitiva de las relaciones familiares con un grupo único.

La elección de pareja es, consecuentemente, asumir la posición subjetiva del cónyuge (marido o esposa) y requiere un trabajo psíquico que pasa por el rescate de la situación edípica de cada miembro de la pareja. El resultado de ese vínculo carga esa re-vivencia y la forma como puede ser elaborada, es decir, si hubiera un abandono del amor filial para la construcción a través de identificaciones de las figuras parentales, de un amor objetal por el compañero. Hay un rescate de toda la historia de la familia en términos de los propios padres, “la genealogía de sus mitos y secretos” (Eiguer, 1985, p. 54).  Es decir, un trabajo psíquico que garantiza la perpetuación de ese amor por medio de la identificación con las figuras paternas, al mismo tiempo que mantiene la prohibición del incesto o la salida edípica satisfactoria.

Si la identificación primaria sustenta una posición narcisista estructurante del grupo familiar, la identificación necesaria para la elaboración del complejo edípico garantiza la interacción típica de los miembros de una familia. Así como observa Eiguer (1985), son los vínculos libidinales los que señalan la interacción entre los miembros de una familia y también nos proporcionan los elementos para observar distorsiones que pueden perjudicar esa interacción.

 La construcción de los vínculos libidinales de alianza, filiación y consanguinidad requiere un trabajo psíquico por parte de los miembros de la familia o, por lo menos, de la pareja que se une para iniciar una familia. El resultado de ese trabajo psíquico es la posición subjetiva que define un lugar, un papel y una función de aquel miembro dentro de la familia y eso incide en su subjetividad y en su posibilidad psíquica de representar su propia existencia.

Cuando se trata de los vínculos narcísisticos y libidinales participan también aquellos contenidos a ser conservados por el grupo, perpetuando su unidad y cohesión a lo largo de las generaciones. Esa perpetuación de los acuerdos y de los pactos inconscientes se realiza, fundamentalmente, por la transmisión psíquica que puede ser intergeneracional (pasada de una generación a la otra) y transgeneracional (cuando la transmisión de contenidos psíquicos sobrepasa tres o más generaciones).

En la transmisión entre generaciones familiares, modos de conducta, represiones y mecanismos de defensa, las relaciones de objeto y síntomas son transmitidos por una familia a sus descendientes. Herencias de la historia familiar cuyos autores son sustituidos a lo largo del tiempo de las generaciones, aunque continúan jugando los mismos papeles.

En realidad transmitimos lo que deseamos mantener y lo que no podemos contener en nosotros mismos y eso también ocurre en los grupos familiares. La fase positiva (“vivificante y erotizada”, como menciona Kaës (2006, p. 21) de la transmisión sigue su estatuto de mantenedora de vida en grupo, del repaso de los ideales y continuidad de la vida psíquica entre generaciones. Su fase negativa (o sus modalidades “mortificantes”, también citadas por Kaës), se refieren al “no transmitido, a la transmisión del no elaborado, del objeto muerto, de los enquistamientos y focilizaciones psíquicas” (Kaës, 2006, p. 21).

Son casos en los que lo negativo impera y se transmite lo que fue vivido, mas no representado, lo que tuvo su representación imposible de ser tolerada por el significado a ser atribuido. Ese material no procesado pasa a invadir el espacio familiar de forma que ha de “bloquear la circulación fantasmática” y habitan en la familia como un presente, ausente. Presente como perturbación, ausente, como representación”, (Piva, 2006, p. 25).

3. Sufrimientos psíquicos actuales y el escucha de la familia

El sufrimiento presente en muchas de las formas conocidas como patológicas de la actualidad parece ser el resultado de la carencia representacional de la experiencia. Marion Minerbo (2009) nos habla de las fallas en la función simbolizante en la actualidad. Fallas de la función materna y de las instituciones: [...] la función materna, también llamada función simbolizante,  es ejercida por el inconsciente materno (y sus sustitutos) y/o por las instituciones, estableciendo lazos simbólicos entre significantes y significados que propician la experiencia subjetiva de ‘hacer sentido” (Minerbo, 2009, p. 415).

Las fallas en esa función, según la autora (2009, p. 414), traen consigo lo que ella llama “reducción simbólica”, término de la Medicina que designa la disminución de un elemento del medio celular, provocando daño en su funcionamiento. En esta concepción, “reducción simbólica” sería para el psiquismo una disminución o ausencia de representaciones posibles para significar la experiencia, provocando un daño en el funcionamiento psíquico. Ese daño podría provocar una especio de “anemia psíquica”.

Ese psiquismo anémico necesita aportes compensatorios que sustituyan la representación faltante: adicciones, compulsiones, el cuerpo de la descarga emocional, la violencia en actuación, la urgencia de gratificación y de evitación del sufrimiento, son manifestaciones que “pretenden” ocupar o corregir el lugar de la falta simbólica, siendo que su fracaso en esa tentativa lleva una repetición sin fin de esos mecanismos.  El vacío existencial, el tedio y la apatía, al lado de su relativo opuesto, la angustia sin nombre, la ansiedad generalizada, son los afectos que dan testimonio de ese fracaso.

Nuestra intención no es particularizar una sola forma de expresión del sufrimiento en la actualidad, pero sí mostrar que hay algo en común entre ellos: la falta de bagaje representacional que ha sido muy frecuente en la clínica.

El analista actualmente parece escuchar el vacío. No lo “escondido” (inconsciente) en el habla manifiesta del neurótico. En el vacío representacional lo inconsciente se abre hacia los afectos y no hacia las ideas. Con todo, el afecto no se hace inconsciente, éste es, este se impulsa a partir del cuerpo. El inconsciente comunica, entonces, lo que de la historia relacional del sujeto habló en la función simbolizante, dejando el afecto sin relación simbólica. La transferencia ocurre como una memoria de afectos vividos, por lo tanto, sin relación.

Muchas veces en la clínica se trata de construir un significado en la propia relación con el paciente y, en otras ocasiones, deshacer un camino incompleto de simbolizaciones erróneas para que el afecto pueda finalmente ser acogido en un sentido. El analista hace las veces de un “Significador”. “Significa el dolor” del paciente que no puede ser aún sufrido porque no fue representado de alguna forma en un lugar que lo contenga. Nos interesa, especialmente, pensar cuáles recursos podemos tener como analistas frente de la “reducción simbólica” en la clínica para que el trabajo analítico pueda contribuir a que el paciente pueda apropiarse de su historia. Y, comprendiendo su propio funcionamiento psíquico y sus orígenes, pueda poner en movimiento su vida de forma más creativa.

Es exactamente en esa función que el analista tiene la posibilidad de construir, junto con el paciente, un sentido para la experiencia.  En ese intento de dar sentido a lo que no fue debidamente simbolizado el escucha de los aspectos grupales familiares puede ser un aporte que favorece la emergencia de lo simbólico en el trabajo analítico. Las relaciones muestran la historia psíquica del individuo, la “cultura” familiar a lo largo de las generaciones y como los vínculos, en tanto marcas de subjetividad, están siendo constituidos.

Para el psicoanálisis, escuchar es escuchar lo otro del paciente, es decir, lo Inconsciente. Si la regresión que ocurre en el campo psicoanalítico remite al inicio de la vida psíquica, entonces lo que se escucha son los aspectos primarios del sujeto, o sea, las condiciones en que fue posible construir u obstaculizar los sentidos y la simbolización.  

En esa propuesta de escucha, la capacidad del analista de dejarse afectar por el paciente colabora con la tarea de escuchar esos elementos grupales que participan de las condiciones en las cuales el psiquismo se constituye.

Creemos que una comprensión apurada de los afectos contra transferenciales es valiosa, y en ese lugar localizamos la posibilidad de un escuchar para las relaciones familiares. En el juego de los afectos “desunidos” del paciente, el analista juega con la posibilidad de “unir” de forma que la conjunción de los afectos a las representaciones no sea ni a partir del analista ni a partir del paciente, sino de la posibilidad de ese encuentro. .

Recurrimos aquí a una consideración que nos parece apropiada para caracterizar una contratransferencia posible al analista que atiende un paciente regresado a ese hablar simbólico y que abarca lo familiar en sus aspectos más diversos. Miguelez (2003), en su artículo intitulado “El espacio ectópico de la contratransferencia”, discute un tipo de contratransferencia que no es ni resistencia ni reflejo especular del analista a los afectos del paciente.

El autor propone, a partir de la práctica clínica, que la contratransferencia puede darse por medio de ruidos que atraviesan la atención fluctuante del analista y que no pertenecen ni al analista, ni al paciente. Por esa razón el nombre ectopía, que significa un fuera de lugar. El autor afirma: “El analista se deja tomar el pelo que la palabra del otro le produce con relación a la enunciación de lo que tal palabra sustenta(Miguelez, 2003, p. 21). Él explica que esa enunciación es, en verdad, la anunciación acerca de paciente, aquella que le es dada por una “peculiar mirada materna”.

Continua explicando lo que ese fuera de lugar dice respecto a lo otro del paciente. Lo que de él dice y de él exige, más que inconscientemente, llega al analista como una extrañeza, algo que pide una significación porque está fuera de lugar: habita el paciente, mas no es de él.  Dice: “La receptividad inconsciente del analista pone, en ese caso, en juego los otros que se dirigen al paciente”. Aquí podemos completar esa afirmación diciendo que esos otros no están en la vida psíquica del paciente como objetos fantasmagóricos, parciales o totales. Están fuera de lugar, actuando en el paciente como un aparato y al mismo tiempo demandan de él una actuación para realizar su deseo.

Esa consideración nos permite proponer que el escuchar los procesos familiares grupales puede ser realizado a partir de los sonidos que nos llegan contra transferencialmente y que son comunicaciones inconscientes de los pacientes al respecto de los otros que hablan por él. La inautenticidad del paciente en el ejemplo es su síntoma ante la imposibilidad de vivir frente de la inversión narcisista que recibe del deseo de la madre. Nos gusta aprovechar la propuesta de ectopia de la contratransferencia para situar la “peculiar mirada familiar”, parafraseando a Miguelez (2003). Aquella mirada que incide en el sujeto a partir de su historia familiar, de la transmisión psíquica, de los vínculos narcisistas y libidinales, que revela la posición de cada miembro de la familia en relación al otro.

Safra (2006), en su libro La hermenéutica en la situación clínica discute sobre la polifonía del idioma personal, trata de las varias voces que nos habitan y que son el resultado de los diversos encuentros con el otro ya que somos seres sociales. En un pasaje interesante el autor habla de una posibilidad que nos parece semejante a lo que estamos proponiendo en la clínica:

Cuando un analizado presenta una queja, ésta es de él, mas es, al mismo tiempo, una queja comunitaria. Su familia también habla por su voz. Como cuestiones de una persona son también cuestiones que atraviesan la historia de su familia y que se relacionan por medio de su discurso. Este fenómeno es muy evidente para quien trabaja con familias. El hecho es que en el análisis individual, tenemos la oportunidad de observar que en ocasiones, quien nos habla es la madre, el padre el abuelo, por medio del paciente. (Safra, 2006, pag.95)

A pesar de que Safra discute la polifonía del idioma personal, creemos que es la condición más rechazada psíquicamente pues el paciente vive momentos de indiferenciación en que ocurre el habla de los otros que lo nutren narcisisísticamente, el habla del grupo familiar en su historicidad a lo largo de las generaciones. El paciente no habla con su voz cuando el habla de los otros no  puede instaurarle en la simbolización.

Utilizamos aquí un “permiso teórico” y proponemos que la “peculiar mirada de la madre” (Miguele, 2003) acarrea la herencia familiar, el grupo en tanto deseo e inversión.  De este modo, ubicar al sujeto en su propia historia es darle el lugar y el sentido de su existencia. Diferenciar lo que le es singular y lo que distingue de lo grupal permite su singularización frente a las determinaciones grupales de su vida. Creemos que la herencia del grupo familiar en el psiquismo debe ser vivida como una apropiación para que de ello se emerja un sentido.

Al analista le compete realizar la función de dejarse afectar. Lo extraño en esa  “ectopía es que ha de hacer como que aparece una idea, una voz la remplazay un pensamiento emerja y pueda darle significado a los afectos perturbadores”. 

4. Lo que se escucha de la familia cuando se escucha al paciente.

La dificultad de la escucha familiar, a través del paciente, reside en el hecho de que los elementos grupales se establecen en un registro sensorial junto a las palabras. No están en el discurso del paciente exactamente, aunque el paciente nos cuente sobre su familia, lo que nos interesa es la condición en que los mecanismos grupales de la constitución psíquica se sobrelapan en la capacidad del analizado de vivir ese grupo formando parte de sí mismo. Aun cuando habla de sí, el paciente ya habla de esa historicidad familiar, ella es su constituyente. La pregunta es si podemos comprender si hay una apropiación de esos significantes familiares o ellos son vividos como elementos que obstaculizan la circulación afectiva.

Podemos considerar una cuestión de la familia determinadas problemáticas en las que no hay un sujeto en su capacidad simbólica de representar la propia existencia porque su vínculo familiar grupal impide su experiencia de sí mismo. Un lugar distorsionado en el cual el sujeto es ubicado por sus vínculos distorsiona también su capacidad de comprensión y de despliegue de sus propios afectos. Un pacto negativo, en los vínculos narcísisticos familiares, aprisiona el afecto de uno de los miembros que es el detonante de ese mandato grupal.

Ya los vínculos libidinales de alianza (conyugalidad y paternidad) y el de consanguinidad (vínculo fraterno) deben ser procesados psíquicamente de tal forma que las posiciones subjetivas relacionadas con cada par (marido-esposa, padres-hijos, hermanos) sean construidas y apropiadas para los miembros de la familia. Así, la madre que no puede constituirse en esa posición subjetiva no podrá reconocer a su hijo como tal. La posibilidad de que ese hijo-miembro se constituya como sujeto será muy difícil.

De la misma forma, la transgeneracionalidad, respecto al paso de las representaciones, ideas y contenidos de una generación a otra, a lo largo del tiempo en la historia de la familia, es “universal y co-formadora de la subjetividad” (Piva, 2006, p. 23).  En ese aspecto positivo, los contenidos transmitidos deberán ser observados psíquicamente y transformados de acuerdo con la singularidad de cada miembro y de cada generación. Sin ese trabajo psíquico esos contenidos podrían ser vividos en función de mantener el vínculo narcísisticos con el grupo familiar, por lo tanto, sin haber una apropiación de esa herencia. Así, lo que es transmitido pasa a ser vivido sin elaboración psíquica y aquella representación lleva una idea que se transforma en un “destino a cumplir” (Piva, 2006, p.24). Eso puede acarrear dificultades en la constitución de sí mismo y el uso de sus potencialidades.

En la actualidad, algunas formas de sufrimiento sólo pueden ser comprendidas a partir de una consideración acerca de la precariedad de la vida psíquica. En la familia muchas veces presenciamos este bloqueo del trabajo psíquico en nombre de acuerdos y alianzas que preservan al grupo y su funcionamiento. Así comprobamos que, muchas veces, se escucha lo otro del paciente en una función no apropiada, siendo que podemos situarla en las condiciones en que los vínculos familiares son procesados psíquicamente.

Es importante reafirmar que nos proponemos una nueva modalidad de análisis más la posibilidad de enfocarnos a la dimensión grupal familiar a partir de algunos parámetros ya señalados. La transgeneracionalidad y los vínculos narcísisticos y libidinales están presentes en cualquier análisis, así como el relato de las relaciones familiares. Por eso no es el habla ni el relato lo que se escucha en el análisis y sí su sentido. Cuando el afecto completa la sensación y sustituye el relato impera el vacío representacional. Si podemos escuchar (sentir) ese vacío y tolerarlo podemos comenzar a escuchar el dinamismo del grupo familiar que habla por el paciente.

Conclusión

En el presente artículo discutimos la posibilidad de un escuchar de las relaciones familiares en la atención psicoanalítica individual a partir de los estudios de Kaës sobre el papel de los vínculos narcísisticos y libidinales y de la transgeneracionalidad en la constitución psíquica, principalmente en la posibilidad de traer al sujeto a una noción reflexiva sobre sí mismo y su medio. Pudimos discutir sobre los elementos grupales de la constitución psíquica individual y de la intersubjetividad que en ese grupo específico marca, irresistiblemente, el psiquismo, pudiendo contribuir u obstaculizar su función en términos de capacidad simbólica en la vida emocional del sujeto.

Ofrecemos la perspectiva de situar al escucha de las relaciones familiares de modo privilegiado por el trabajo de la contratransferencia. Esa posibilidad incluye los aspectos sensoriales que se evidencian en los procesos transferenciales típicos de funcionamientos psíquicos más regresivos y en la capacidad simbólica afectada. Además de abordar la escucha del “Significador”, un papel especial del analista en esos casos, significando el dolor del paciente en su experiencia empobrecida u obstruida en la capacidad de representar la propia existencia.

Freud (1921b, letra nuestra), afirma: “[...] Cada individuo, por lo tanto, parte de numerosas mentes grupales —las de su raza, clase, credo, nacionalidad, etc.—pudiendo también elevarse sobre ellas, en la medida en que posee un fragmento de independencia y originalidad”.

Creemos que, como se mencionó con anterioridad, el sujeto solamente podrá elevarse sobre las determinaciones grupales familiares en la medida en que pueda elaborar las diferencias que se presentan entre el sí mismo y el grupo y salir de una economía narcisista, reguladora de angustias de separación y abandono. El fragmento de independencia y de originalidad al que Freud se refiere nos remite a una condición latente de ser construida por el sujeto a partir de la apropiación de la propia historia y de la historia del grupo familiar que lo constituye psíquicamente.

El psiquismo se constituye en términos de su aporte representacional a lo largo de toda la vida y la relación analítica puede aparecer como un luz que promueva una circulación afectiva en una vía provechosa, justamente porque uno de los elementos de que dispone es la construcción de sentidos. Un sentido posible puede estar en las cuestiones psíquicas del grupo familiar.

De esta forma vale la pena mencionar:   

Aquello que heredaste de tus padres conquístalo para hacerlo tuyo, lo que no se utiliza es un pesado fardo”.

(Goethe, Fausto, Parte I, Cena I, sin dato, citado por SILVA, 2003, p. 25).

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Notas

1. Este artigo foi escrito a partir da Dissertação de Mestrado de Regina M. M. Vaz com orientação da Prof.ª Dra. Maria Consuêlo Passos, que teve como título: “A escuta das relações familiares na clínica psicanalítica individual”, pela Universidade Católica de Pernambuco – UNICAP.

2. Mestre em Psicologia Clínica pela Universidade Católica de Pernambuco – linha de pesquisa: Família e Interação Social, setembro de 2013. E-mail: regpsi@uol.com.br

3. Professora do programa de pós-graduação em Psicologia Clínica da Universidade Católica de Pernambuco (UNICAP). Doutora em Psicologia Social pela Pontifícia Universidade Católica de São Paulo (PUC-SP). E-mail: mariaconsuelopassos@gmail.com

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