El miedo, último refugio de la masculinidad hegemónica Descargar este archivo (El miedo.pdf)

Jesús Emmanuel Ibarra Loyola , Edna Gabriela Díaz Báez

Universidad Autónoma de Puebla - Universidad Autónoma de Coahuila

Resumen

Trabajo de corte cualitativo, no experimental, exploratorio y descriptivo, donde se aborda el tema de las expresiones masculinas de afecto: amor, alegría, tristeza y miedo, siendo este último en el que se profundiza, desde la perspectiva de género. El objetivo de conocer dichas expresiones recibidas y manifiestas por los bomberos de Monclova, Coahuila para constatar o no su correspondencia con la masculinidad hegemónica. Se realizaron entrevistas semiestructuradas a 10 bomberos. En los resultados se observa que los hombres expresan el sentir de los tres primeros afectos mientras que del miedo no. Se identifica una ligera demarcación de la masculinidad hegemónica al dejar ver que expresan su amor a su pareja e hijos/as de múltiples formas. Por otro lado aún siguen bajo esta masculinidad hegemónica basada en la idea de que el expresar el miedo no es una conducta apropiada para los hombres.

Palabras clave: afectividad, miedo, hombres, masculinidades, perspectiva de género.

 

Abstract

This is a qualitative paper, non-experimental, exploratory and descriptive; the topic is the masculine expressions of affection: love, joy, sadness and fear, from a gender perspective. The objective is to identify the affective expressions received and manifested by firefighter men of Monclova, Coahuila and to verify its correspondence or not with the hegemonic masculinity model. 10 semi-structured interviews were performed. In the results it can be observed that the men express their way of feeling, but only in reference with love, joy and sadness but not fear. It can be identified a slight demarcation of the hegemonic masculinity model so that these men express their love, joy and sadness. Nevertheless they still follow the hegemonic masculinity model when they express that expressing fear is not an appropriate behavior for men.

Key words: Affection, Fear, Men, Masculinities, Gender perspective.

Introducción

En la sociedad contemporánea es posible hablar del lado sensible de la realidad; esta es una práctica social común desde ciertas áreas, tales como la literatura, el cine, el lenguaje cotidiano, etc. Sin embargo, no es tan habitual abordar ese lado sensible desde la ciencia, a pesar de que la dimensión afectiva del ser humano (las emociones y los sentimientos, recordando que existe extensa bibliografía que distingue entre sentimientos y emociones, en este trabajo usaremos el término afectos para referirnos a ambos) es un rasgo inherente a su existencia. Los afectos han sido considerados objeto legítimo de estudio de las ciencias sociales hasta hace poco tiempo. Hoy es posible explorar ese universo afectivo desde el estudio científico gracias a los cambios de paradigmas que han revolucionado la manera de hacer ciencia, las formas de explorar objetos sociales, las maneras de abordar y acercarnos a ciertas realidades psicosociales.

El construccionismo social justifica el conocimiento teórico en sí mismo y defiende que no hay ninguna forma privilegiada de abordar la realidad; esta aproximación nos incita a considerar otras formas de hacer psicología social, contrapuestas a las formas tradicionales. Permite evidenciar las formas en que las personas históricamente situadas interpretan la realidad, su realidad, a través de la relación que tienen con determinado objeto social.

En el siguiente trabajo se parte de la idea de que, si bien es cierto que la dimensión afectiva del ser humano tiene un correlato fisiológico cuya función es la supervivencia, también es una realidad que dicha dimensión afectiva tiene otro correlato construido socialmente, es decir, está mediada también por la cultura e historicidad. Según Ibánez (1994) la realidad tiene propiedades objetivas; sin embargo, esas propiedades son transformadas en subjetivas por los sujetos sociales que tratan esta información de acuerdo a sus intereses, posición social, experiencias e influencia cultural, de tal manera que nosotros, los sujetos sociales, reaccionamos ante esta realidad tal y como es para nosotros, pues la realidad posee propiedades que son el resultado de la actividad cognitiva y simbólica de los individuos. El nacimiento del primer hijo, el desamor, el día de la boda, la muerte de la madre, debatirse entre la vida y muerte en una emergencia son algunos ejemplos de las experiencias que viven los hombres bombero participantes de esta investigación, acontecimientos que suscitan expresiones u omisiones de expresión de afectos. Si los afectos fuesen solamente disposiciones internas de los individuos, todas las culturas en todos los tiempos se sentirían de la misma manera ante los mismos hechos, y esto no sucede así. Por lo tanto decimos que el sentir es también social.

Ahora bien, si se traslada esto al terreno de las Masculinidades, se trata aún de un territorio menos explorado, pues en ellos los temas más abordados han sido la violencia, paternidad, homosexualidad y alcoholismo, más no el tema de afectividad. En este trabajo se abordan cuatro elementos afectivos: el amor, la alegría, la tristeza y el miedo. Es en este último en el que se ahondará, pues el miedo es un poder psíquico, un producto mental y a la vez un mecanismo biológico de carácter instintivo, el cual forma parte de nuestras relaciones y de nuestra forma de entender y movernos en el mundo.

En el caso del ser humano y su capacidad de pensamiento simbólico, el miedo es un terror que empobrece su vida en sociedad, porque a menudo establecemos estrategias defensivas y de ataque (Herrera, 2010). Los humanos tenemos miedo a los desastres naturales, a las emergencias, a la muerte, a la incertidumbre con respecto al futuro, miedo a perder seres queridos, miedo a no saber cómo actuar respecto a ciertas situaciones, etc. Ahora bien, ¿qué sucede si justamente esa es la experiencia cotidiana? Si se es un bombero cuyo trabajo es enfrentarse a situaciones de vida y muerte, ¿sienten miedo? ¿Cómo lo sienten? ¿Lo demuestran? ¿Y qué pasa si además de ser bombero se es hombre? ¿Cuál es la relación que sostienen los hombres bombero con el amor, alegría, tristeza y miedo?

El problema de ser hombres y la perspectiva de género

Es necesario partir del supuesto básico de que al hablar de hombres y masculinidad, inevitablemente hay referencia al género como condición humana básica (Salas, 2008). Ya que se ha formulado el cuestionamiento de que los comportamientos de mujeres y de hombres más que tener una base natural e invariable se deben a una construcción social que alude a aspectos culturales y psicológicos asignados de manera diferenciada a unos y a otros (Bustos, 2007).

Para Lagarde, en Cazés (2007), se trata de un complejo de determinaciones y características económicas, sociales, jurídico-políticas y psicológicas, es decir, culturales, que crean lo que en cada época, sociedad y cultura son los contenidos específicos de ser mujer o de ser hombre. Los géneros son históricos, un producto de la relación entre biología, sociedad y cultura; devienen y presentan una enorme diversidad.

A partir de 1960, refiere Salas (2008), el movimiento feminista retoma la propuesta de la categoría género, la que reconceptualizan hasta desarrollar lo que hoy se conoce como Teoría de Género. Desde entonces se comprende como aquel cuerpo de conocimiento que trata de explicar y describir qué pasa con las diferencias entre hombres y mujeres, diferencias que son llevadas a la condición de desigualdades; trata de dar un sentido socio-histórico y político a las desigualdades existentes entre unos y otras, en el que la discriminación de las mujeres ha sido la nota dominante (Salas, 2008).

Repensar la masculinidad, a finales de la década de los ochenta y en los años noventa, se convirtió en una urgencia que dio lugar a un nuevo campo de estudios, los estudios de masculinidades, en buena medida como reflejo del alcance de la teoría feminista y los movimientos de liberación gay (Carabí, 2003), porque impulsan la idea, como lo menciona Martín (2007), de que los esquemas patriarcales tampoco ayudan a comprender quiénes son los hombres y marginan no sólo a las mujeres sino también a las identidades masculinas que no encajan con los patrones masculinistas del patriarcado. Por ello la posición profeminista que asumen sus fundadores es, sobre todo, una posición antipatriarcal, pues prioritariamente se intenta distinguir entre lo masculino y lo patriarcal, incidiendo en el hecho de que el patriarcado es una construcción específica de un tipo de masculinidad heterosexista, homófoba, racista y machista.

Se acude al concepto de “masculinidad hegemónica” como categoría básica para el estudio de la masculinidad y su relación con lo afectivo. Es de suma importancia en tanto la masculinidad como entidad abstracta toma concreciones en los sujetos particulares, de tal manera que no todos los hombres están incluidos ahí o la portan, por lo menos no en el mismo grado. No todo hombre deberá verse reflejado, en forma total, en esa masculinidad hegemónica. No obstante, lo cierto es que la referencia a esa masculinidad implica la existencia de demandas, encargos y mandatos, con independencia de la voluntad del individuo. La masculinidad viene a ser, entonces, una serie de encargos, demandas y mandatos que cada hombre recibe, vive y reproduce de manera particular (Salas, 2005).

La masculinidad hegemónica, es un modelo social imperante que impone un modo particular de configuración de la subjetividad, la corporalidad, la posición existencial del común de los hombres y de los hombres comunes, e inhibe y anula la jerarquización social de las otras masculinidades. Domina el universo de las definiciones sobre el ser hombre y el camino de la construcción de la masculinidad, porque está en lo más alto, por su valor social, en la jerarquía de masculinidades posibles, siendo por ello la representación social dominante de lo masculino la única todavía legitimada socialmente, y que deja fuera a las otras del juego de la construcción subjetiva (Bonino, 2003).

Los hombres que sostienen esta posición de masculinidad hegemónica, menciona Seidler (1995), se supone que son independientes y autosuficientes; no tienen necesidades afectivas propias porque han aprendido a considerarlas como señales de debilidad. De esta manera los hombres se ven limitados en la vivencia de experiencias reconfortantes a los largo de su desarrollo vital. Por ejemplo, al aprender a pensar en el cuerpo, dentro de las masculinidades  dominantes, los varones frecuentemente establecen poca conexión interna con sus cuerpos. Se aprende que el cuerpo tiene que subordinarse a la mente, igual que los afectos, y que se tiene que ejercer un riguroso control sobre estos.

A aquellos hombres que no cumplen o no asumen este modelo dominante del ser hombre, se les clasifica como insuficientes y como masculinidades subordinadas. Bajo esta clasificación se ubicarían los hombres “débiles”: los que poseen impedimentos físicos, los de baja estatura, los hombres enfermos, los sensibles y los homosexuales (Connell; Toro-Alfonso; Valdés & Olavarría en Alfonso, Walters y Sánchez, 2012).

El modelo de masculinidad hegemónica demanda, según Kimmel y Goffman en Barrios (2003), ciertos requisitos básicos para ser “todo un hombre”:

  • No ser homosexual. No se es un “verdadero hombre” si se adoptan actitudes que pudieran sugerir algo de feminidad. El mandato de no ser homosexual o no manifestar suficiente “virilidad”, parte de la falsa apreciación de que ser masculino implica repudiar lo femenino.
  • Ser importante. Es decir, el tamaño de la hombría es proporcional al de la posición económica, política o social.
  • Ser fuerte. Hay que resistir los embates de la vida sin quejarse y enfrentarse a los problemas sin mostrar debilidad (entiéndase expresiones emocionales, especialmente el miedo y la tristeza).
  • Ser audaz, “ganón” y agresivo, ya que estos son rasgos de valentía y decisión.

El paradigma de la masculinidad hegemónica, como ya se mencionó, afecta los modos de pensar, sentir y actuar de los hombres, lo cual remite a una masculinidad dominante sobre las mujeres, sobre otros hombres y sobre sí mismos. El modelo de masculinidad hegemónica representa el referente de fortaleza, dominio, fuerza, desconexión de la emotividad y el privilegio social que se les otorga a los hombres (Alfonso et al., 2012), afectando los modos de pensar, sentir y actuar.

Las masculinidades son una construcción histórica y social que alude a lo que los hombres piensan, dicen y hacen para distinguirse a sí mismos como hombres. Dicha construcción no sólo es elaborada y significada por los hombres, sino también por las mujeres en diferentes espacios y situaciones de interacción social. En este sentido, Kimmel en Hernández y Gámez (2010), sostiene que las definiciones de masculinidad están cambiando constantemente y que la masculinidad no viene en nuestro código genético, sino que se construye socialmente, cambia de una cultura a otra; en una misma cultura a través del tiempo; durante el curso de la vida de cualquier hombre, individualmente y entre diferentes grupos de hombres; y según su clase, raza, grupo étnico y preferencia sexual.

Los hombres y sus sentires

La afectividad, tradicionalmente, ha sido típicamente asociada a lo femenino estableciendo el supuesto de que ellas son más emotivas que los hombres (Ashmore & Del Boc; Brody & Hall; Broverman, Vogel, Clarkson & Rosenkrantz; Fabes & Martin; Johnson & Shulman; Widigier & Settle,  en Paladino y Gorostiaga, 2004). Pero la psicología ha estudiado que, desde la infancia, a los varones y a las mujeres se les enseñan lecciones muy distintas acerca de cómo expresar sus afectos (Paladino y Gorostiaga, 2004).

En particular los afectos de alegría, tristeza y miedo son considerados mayormente femeninos, mientras que el enojo es atribuido en mayor medida a los varones (Birnbaum, Nosanchuck & Croll; Briton & Hall; Fabes y Martin; Grossman & Wood,  Kelly & Hutson-Comeaux en Paladino y Gorostiaga, 2004).

Respecto al enojo se asume que las mujeres encuentran más dificultad para expresarlo; en cambio se considera que para los hombres es el afecto primario, con el que se sienten más cómodos; de hecho, según Paladino y Gorostiaga (2004), la mayoría de los estudios registra que los varones expresan conductas más agresivas que las mujeres.

Los afectos como el miedo y la tristeza también están sujetos a estereotipos de género que indican, por ejemplo, que el temor no es una conducta socialmente apropiada para un hombre (Fabes y Martin en Paladino y Gorostiaga, 2004). Aún en situaciones dudosas los adultos tienden a atribuir esa emoción con más frecuencia a las niñas que a los niños. Es posible que los varones prefieran no expresar miedo ni hablar sobre ello ya que aprenden tempranamente que no es consistente con lo que se espera para el rol adscrito a su género (Condry en Paladino y Gorostiaga, 2004).

Los resultados de las investigaciones acerca de que los padres hacen más referencia a la tristeza con las hijas que con los hijos tiene interesantes implicancias para el desarrollo de la comprensión de la propia experiencia afectiva de los hombres. Hombres y mujeres aprenden diferentes estrategias para enfrentar los afectos como la tristeza a partir de los modos con que los padres se comporten y conversen sobre tal hecho, así como de las representaciones sociales al respecto (Fivush & Buckner; Belenky, Clinchy, Goldberger, & Tarule; Chodorow; Gilligan; Markus & Oyserman en Paladino y Gorostiaga, 2004).

Es importante distinguir, según lo registran numerosos investigadores, dos dimensiones fundamentales que operan en el estereotipo género-afectividad: la interna, como experiencia subjetiva del afecto, y la externa, como manifestación visible de lo afectivo (Paladino y Gorostiaga, 2004). Por ejemplo, Fabes y Martin (en Paladino y Gorostiaga, 2004), encontraron que si bien se percibe a las mujeres como más expresivas afectivamente que los hombres, cuando se evalúa la percepción de la experiencia afectiva de cada uno se registran escasas diferencias entre ellos.

Johnson y Shulman (ídem), de modo similar, constataron que los hombres y las mujeres creen que difieren más en la manifestación afectiva externa que en la intensidad de la experiencia subjetiva. Consideran que la misma situación produce similares afectos en cada uno pero lo expresan de modo diferente. Por ejemplo, ambos relatan sentirse tristes cuando algo malo pasa y sentirse felices cuando algo bueno sucede; así, las diferencias se hacen evidentes en la expresividad, no en la experiencia del sentir.

Si bien la mayoría de los estudios constatan que las mujeres se expresan más afectivamente que los hombres, ello no quiere decir que tales diferencias se correspondan necesariamente con sus propias percepciones sobre la experiencia afectiva (Ashmor; Brody & Hall; Fischer; LaFrance & Banaji en Paladino y Gorostiaga, 2004).

En el estudio de Einsenber & Lennon (en Morris, 2011), revelaron que los hombres estaban tan afectados fisiológicamente como las mujeres al ver descripciones de personas que sufrían; los hombres simplemente inhibían la expresión de sus afectos.

Método

Este artículo se desprende de una investigación más extensa titulada Correspondencia con la masculinidad hegemónica de expresiones de amor, alegría, tristeza y miedo que recibieron y manifiestan los bomberos de la Central de bomberos de Monclova, Coahuila, en el cual se exploraron, para conocer, las expresiones ya mencionadas en el título.

¿Corresponden con la masculinidad hegemónica las expresiones afectivas de amor, alegría, tristeza y miedo que recibieron y manifiestan los bomberos de la Central de Bomberos de Monclova, Coahuila?

El objetivo fue conocer las expresiones afectivas de amor, alegría, tristeza y miedo recibidas y manifiestas por los bomberos de la Central de Bomberos de Monclova, Coahuila, para constatar su correspondencia o no con la masculinidad hegemónica. Es un estudio de corte cualitativo, no experimental, exploratorio y descriptivo en donde se utiliza la recolección de datos no estandarizados sin medición numérica, de los cuales se obtienen la perspectiva y puntos de vista de los participantes mediante entrevistas semiestructuradas elaboradas ex profeso, las cuales son sometidas a un análisis de contenido regido por la taxonomía de afectos elaborada a partir de los aportes de Barrios (2003), Paladino y Gorostiaga, (2004), y Muñoz (2012).

Respecto a la población y muestra, se trata de diez bomberos de la Central de Bomberos de  Monclova, Coahuila. El muestreo es de tipo no probabilístico por sujetos voluntarios. En cuanto al instrumento utilizado se hicieron uso de la entrevista semiestructurada la cual se fundamenta en una serie de preguntas previamente elaboradas a partir de las aportaciones de Barrios (2003), Paladino y Gorostiaga, (2004), y Muñoz (2012), las cuales pueden ser adaptadas según las características del participante y/o los propósitos que puedan surgir en el momento (García, 2009). La entrevista gira en torno a las expresiones de los afectos: amor, alegría, tristeza y miedo, manifestados por los padres hacia sus hijos bomberos, así como la manifestación de estas mismas por parte de los bomberos hacia su pareja e hijos/as. Cabe aclarar que debido a que el enojo es un afecto considerado intrínsecamente masculino (Birnbaum, Nosanchuck & Croll; Briton & Hall; Fabes & Martin; Grossman & Wood,  Kelly & Hutson-Comeaux en Paladino y Gorostiaga, 2004), se dejó de lado precisamente para explorar la vivencia de los afectos ya mencionados que no se atribuyen de manera social al mundo de los hombres.

Resultados

Respecto a la categoría del amor todos los hombres bomberos (10/10) mencionan haber recibido expresiones de este, a través de palabras, atención, besos, abrazos y ser proveídos. También todos ellos (10/10) declaran haber expresado el amor con palabras, atención, besos, abrazos, caricias, y el hecho de proveer para su familia también es considerado una expresión de amor por parte de ellos. Las formas de manifestar el amor son ligeramente más variadas que las recibidas.

En cuanto al afecto de alegría todos los hombres bombero (10/10) declaran haber recibido expresiones de alegría a través de sonrisas, palabras, abrazos y palmadas. Al igual todos ellos dicen haber expresado alegría hacía su familia de varias maneras, como sonrisas, palabras, abrazos, alzamientos, palmadas, buen humor y llanto. Resulta interesante que el llanto es una expresión de alegría que es exclusiva de las expresiones manifiestas, pero no de las recibidas.

En relación con la tristeza, de igual manera todos los hombres bombero entrevistados (10/10) dicen haber recibido expresiones de tristeza a través de seriedad, semblantes de tristeza, pero solo dos de 10 mencionan haber recibido el llanto como expresión de esta, mientras que al mencionar las expresiones de alegría que ellos manifiestan para con su familia, todos mencionan que lo hacen a través de las mismas variantes: semblante de tristeza, seriedad y llanto, sin embargo son 8/10 que hablan de manifestar la tristeza a través del llanto.

Por último la expresión del miedo, en cuanto a lo recibido en su infancia, todos ellos (10/10) mencionan haber recibido expresiones de miedo, de una manera menos variada que en las categorías anteriores. La principal expresión de miedo que recibieron, 4 de 10 sujetos, fueron expresiones verbales; 2 de 10 sujetos reporta no haber recibido expresiones de miedo; 2 de 10 recibieron estados de seriedad como expresión del miedo y 2 de 10 sujetos menciona haber recibido semblantes de temor. Estas expresiones se suscitaban por la muerte de algún familiar, cuando la inestabilidad económica afectaba el hogar, por amenazas telefónicas, accidentes automovilísticos y/o enfermedades.

Referente a las conductas manifestadas por ellos son 10 de 10 sujetos que reportan no expresar el miedo, sin embargo mencionan sí sentirlo. El miedo se suscita en ellos al estar trabajando, o al pensar en la posibilidad de perder a la familia, pero ninguno de ellos lo demuestra.

Discusión y conclusiones

De manera general se puede notar una demarcación de la masculinidad hegemónica al mostrarse que las expresiones recibidas en su infancia de los afectos de amor, alegría y tristeza fueron menos variadas que las que ahora ellos expresan hacia su familia; ellos expresan estos afectos con conductas más diversificadas. Y aunque el llanto es una expresión de alegría y tristeza que fue poco o nada recibida por parte de ellos durante su infancia, sí es expresada ahora en su adultez.

Otro dato muy significativo que arrojaron los resultados es que los sujetos podrán llorar pero jamás van a presentar miedo, lo cual responde a una característica de la masculinidad hegemónica donde el hombre debe ser el fuerte, el responsable y en donde no cabe, en estas características, el miedo; que desde su concepción reducida sólo es posible en las mujeres y no en “los verdaderos hombres” (Barrios, 2003). 10 sujetos de 10 mencionan que sienten miedo estando trabajando mas no lo expresan, es decir, que para ellos el miedo es sólo una experiencia interna, subjetiva (Paladino y Gorostiaga, 2004): “pos claro que te da miedo pero no lo puedes mostrar aunque sí se siente”, “si he tenido miedo… ponle que no lo exprese, pero a veces es tratar de esquivarlo”, “más que nada es interno… el corazón empieza a palpitar más, el estómago, a veces empiezo [a] temblar.”

El miedo que sienten es “a la responsabilidad de no saber qué hacer en un dado momento en un servicio o que me digan haz esto y lo otro y que no lo haga bien, eso me da miedo más que nada”; tienen miedo “a pensar que ya no voy a regresar y que me voy a quedar allí en ese lugar”, “porque es un trabajo donde se corre mucho peligro”. Mencionan no expresarlo “porque si lo muestras es como si te dominara el trabajo”, “expresarles el miedo a los muchachos es como decirles a los muchachos que las cosas no están bien”, “si tú les demuestras miedo se los contagias a todos”. Para no expresarlo “tengo que hacerme fuerte”, “para nosotros el miedo es nuestro escudo: en este trabajo si no tienes miedo no vas a tener precaución, cuidado. El miedo lo interpretas… lo transformas en adrenalina”.

Y no es que el miedo sólo sea posible en las mujeres como menciona Barrios (2003), no hay que olvidar los factores socioculturales en el aprendizaje de la afectividad donde los varones aprenden a excluir sus afectos, o más bien a no manifestarlos (Brody, Kring & Gordon en Alcalá et al., 2006). El miedo está sujeto a estereotipos de género que indican, por ejemplo, que el temor no es una conducta apropiada para los hombres (Fabes & Martin en Paladino y Gorostiaga, 2004). Hay que recordar que la expresión del afecto es un proceso más dificultoso que la propia experiencia emocional interna (Alcalá et al., 2006).  Ahora bien,  aunado a lo anterior pensamos que los bomberos pertenecen a un cuerpo de trabajo cuya identidad está basada en el nombre y lema oficial, pues forman parte del Heroico cuerpo de bomberos: unión, valor y sacrificio. ¿Acaso se puede ser héroe y demostrar miedo al mismo tiempo?

Con este punto volvemos al estereotipo del hombre fuerte, el hombre que no se dobla ante nada, el hegemónico. Mencionan que esto “es falso, todos sentimos, nomás que los hombres no porque somos los fuertes, los machines”, “…los hombres también sentimos miedo, nada más que no lo mostramos… no lo demuestro, me hago el valiente…”, “…también nosotros sentimos miedo, nomás que, por ejemplo, te lo aguantas”. “Es mentira, pero las mujeres sí son las más miedosas, uno también pero ya está acostumbrado a aguantarse”, “…nosotros también tenemos miedo nomás que te lo aguantas. Como dicen: siempre gana el más fuerte al más débil y pos si andas de miedoso todos te van a ganar.”

En conclusión se pude inferir, limitándose a los 10 sujetos mencionados, que a pesar de que la sociedad caracteriza al hombre como una persona dura, que no tiene permitido llorar o mostrar sus emociones —puesto que debe ser fuerte e inmutable—, los hombres sí lloran y pueden llorar; y queda claro, además, al ser muy significativo, que los hombres sí expresan amor hacia su pareja e hijos/as a través de múltiples manifestaciones, y en el caso del miedo lo sienten, lo experimentan, mas no lo expresan. Con esta última inferencia se confirma la existencia de dos procesos, el de la experiencia afectiva que es interna, subjetiva y en parte fisiológica, y el de la externa, la expresión emocional, la cual, como lo indican Paladino y Gorostiaga (2004), es un área en la que hombres y mujeres difieren al momento de manifestar sus afectos.

Con estas conjeturas no se pude llegar a afirmar que exista una demarcación total de la masculinidad hegemónica por parte de los sujetos, pues como se mencionó anteriormente, existen o prevalecen, en los sujetos, referentes de la masculinidad hegemónica tales como el miedo —que no lo expresan so pretexto de que si lo hacen serán débiles—, de lo cual es posible inferir que el miedo sigue siendo un estereotipo de género que manifiesta que el temor no es una conducta socialmente apropiada para los hombres. Sin embargo, es posible afirmar que no hay una forma hegemónica de masculinidad, sino múltiples masculinidades, y que las nuevas posturas respecto a las masculinidades han llegado a estos hombres de manera que pueden expresar su sentir a través del llanto, por ejemplo, en espacios públicos sin avergonzarse o con temor a ser señalados. Se relacionan con su familia desde lo afectivo, destinan tiempo para la pareja y los/as hijos/as en donde se dan múltiples expresiones de amor. Se reconocen como hombres que sienten y manifiestan su sentir.

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