El superyó y la diversidad sexual en el siglo XXI[1]
Superego and Sexual Diversity in the 21st Century
José Refugio Velasco García; Maria Teresa Pantoja Palmeros[2]
Facultad de Estudios Superiores Iztacala, UNAM
A Enrique García Vieyra
Por haber asumido con dignidad y valentía su homosexualidad.
Resumen
Se parte de la siguiente interrogante: ¿qué sucede con el superyó en aquellas personas que se consideran a sí mismas homosexuales, intersexuales, bisexuales, transexuales? Para responder se argumenta en torno al cuerpo y la noción de sexualidad en psicoanálisis. La sexualidad se ubica como campo enigmático, problemático, como espacio donde diferentes discursos contemporáneos operan prescribiendo imperativos que intentan gobernar los cuerpos; ahí la medicina y en general el capitalismo salvaje, hacen promesas estrechamente relacionadas con los ideales que se construyen al interior de la diversidad sexual, sin tomar en consideración los procesos psíquicos y el sufrimiento de cada persona. Se acepta la labilidad de la pulsión y se entrelaza ésta al origen de la diversidad sexual, reconociendo que para Sigmund Freud homosexualidad, bisexualidad, diversidad, se encuentran en el origen de la construcción del psiquismo y del mismo superyó. Así, se reconoce que la sexualidad humana es una construcción social y el acontecer psíquico forma parte vital de esa construcción.
Palabras clave: superyó, diversidad sexual, siglo XXI, capitalismo, pulsión.
Abstract
The starting point is the following question: what happens to the superego in individuals who identify as homosexual, intersexual, bisexual, or transexual? To answer this, the argument revolves around the body and the notion of sexuality in psychoanalysis. Sexuality is situated as an enigmatic and problematic field, as a space where various contemporary discourses operate by prescribing imperatives that attempt to govern bodies. Therein, medicine and, more broadly, savage capitalism makes promises closely tied to the ideals constructed within sexual diversity, without considering the psychic processes and the suffering of each individual. The lability of the drive is accepted and interwoven with the origin of sexual diversity, acknowledging that for Sigmund Freud, homosexuality, bisexuality, and diversity are found at the very origin of the construction of the psyche and of the superego itself. Thus, it is recognized that human sexuality is a social construct, and psychic events are a vital part of that construction.
Keywords: superego, sexual diversity, 21st century, capitalism, drive.
Introducción
En 2023 se cumplió un siglo de que Sigmund Freud diera a conocer El yo y el ello, texto donde se plantean aspectos relevantes de lo que se denomina segunda tópica freudiana. Una de las grandes aportaciones de ese material, cuya centuria fue digna de festejo, es el concepto denominado superyó, noción crucial que permite el esclarecimiento del devenir psíquico al mismo tiempo que tiene gran utilidad como operador clínico, en tanto que en el dispositivo analítico permanentemente se escuchan ecos de lo que Gerez (1993) denominó Las voces del superyó, las cuales agobian y someten al sujeto, voces que hacen armonía con los síntomas en los que se ven atrapados los virtuales analizantes, configurando así la arquitectura del padecimiento psíquico.
Esas voces generalmente martirizan al sujeto y lo colman de calificativos denigrantes, en muchas ocasiones lo inmovilizan o le hacen la vida verdaderamente insoportable, pues representaciones y afectos del sujeto son sometidos a juicio implacable, verdadera inquisición interna donde el sujeto casi siempre resulta culpable y digno de castigo. Aunque conscientemente se enuncie la intención de no querer sentir culpa, la obscenidad y ferocidad del superyó tarde o temprano atrapa al sujeto, pues en muchas ocasiones la culpa inconsciente lleva a buscar inimaginables castigos. Musicante (2016) ha hecho un listado de las modalidades en que se expresa el superyó, ahí encontramos: mandatos insensatos; compulsiones irrefrenables; coerciones inexplicables; obediencias masoquistas; prácticas autodestructivas silenciosas o estrepitosas; actos expiatorios y sacrificiales ligados a culpas infundadas; estruendosos fracasos como respuestas al triunfo; extraños empeoramientos en momentos de mejoría en la cura (reacción terapéutica negativa); delitos perpetrados para obtener castigos que apacigüen oscuras culpas (delincuentes por sentimiento de culpa); crímenes inmotivados; cobardía moral: aquello que se ensambla en lo que Freud (1923/1996b) llamó destino; lo siniestro-ominoso; los modos de escapar de los dardos del destino; los que fracasan al triunfar; afortunadamente también están “el chiste y el humor, otros modos de satisfacción, como cuando podemos burlarnos de las miserias del poder e incluso reírnos de las inequidades de la muerte (p. 102).
Ante este listado, podemos preguntarnos ¿qué sucede con el superyó en aquellas personas que se consideran a sí mismas homosexuales, intersexuales, bisexuales, transexuales? Esta es la pregunta que guía la reflexión, ahora esbozaremos varias vías para ser recorridas. Primeramente, nos referiremos a algunas ideas generales en torno al cuerpo y la noción de sexualidad en psicoanálisis, se procede de esta manera pues ambos territorios están estrechamente articulados. Además, insistimos en que la sexualidad es un campo enigmático, problemático; sin dejar de tener que ver con la reproducción y los placeres genitales, aparecen muchas preguntas desde tiempos muy tempranos en la infancia, lo cual llevó al psicoanalista Rodríguez (1990) a plantearse las siguientes interrogantes: “¿cuáles son los problemas sexuales que organizan el psiquismo? ¿Es posible pensar al psiquismo como una manera de formular y responder problemas sexuales fundamentales, problemas de ser, de ser sexual?”. Nos atrevemos a responder afirmativamente a la última pregunta, esperando que mucho de la argumentación aquí expuesta sirva para abordar la primera cuestión al hablar del vínculo cuerpo, sexualidad, pulsión, discurso, así como cuando se haga referencia a la manera en que operan los ideales vinculados al superyó en personas que se auto designan como parte de la diversidad sexual, en pleno capitalismo salvaje del siglo XXI.
Cuerpo, sexualidad y discurso.
Como punto de partida podemos decir que el psicoanálisis nos ha enseñado a concebir el cuerpo como una superficie donde se pueden expresar un sinfín de fantasías, de imágenes contradictorias, cuerpo que puede ser negado, no aceptado, o venerado por las características propias o aquellas que quisiéramos tener. Zona de contrastes y realidad material frágil, que puede ser afectada por un virus casi invisible, por un huracán o un terremoto, igualmente conmovido por las palabras amorosas de una persona cercana, o devastado por los calificativos violentos de esa misma persona. El cuerpo es quebrantable, sensible, emotivo, no es una elección, no tenemos la opción de carecer de él, tampoco de, siendo un óvulo, elegir de un catálogo cuál cuerpo preferimos. Las proporciones y estética del cuerpo no son elegibles, son imposiciones de la naturaleza y de operaciones genéticas, se está alienado al y en el cuerpo, parece ser nuestro, pero también es ajeno, su estructura puede ser motivo de vergüenza o de presunción.
El cuerpo es el principal instrumento proporcionado por la naturaleza, pero a él se le atribuyen múltiples significaciones a lo largo de la existencia. Actualmente los avances médico tecnológicos proporcionan la posibilidad de hacer modificaciones leves o sustanciales a los cuerpos, se puede cambiar de color de piel, modificar la nariz, quitar arrugas, injertar pelo, hacer crecer los senos o las asentaderas. Se genera así una alianza comercial empresarial entre el cirujano plástico, los ideales de belleza y el deseo de ser otro u otra. Las ofertas y los precios son variados; en ciertos momentos esa alianza puede resultar siniestra por las consecuencias en los cuerpos después de una intervención fallida.
El cuerpo es escenario de diversos acontecimientos: se enferma, padece, sufre, se convierte muy pronto en zona de placer y displacer, de excitación. Sigmund Freud (1905/1996a) señaló que el cuerpo tiene ciertos espacios erógenos, incluso habló de que todo él puede ser una zona erógena. La excitabilidad del cuerpo, la relación placer-displacer que lo caracteriza lo hacen un espacio propicio para que en él se asiente la sexualidad. La perspectiva psicoanalítica establece así una conexión directa entre cuerpo y sexualidad, pero no reduce la sexualidad a la genitalidad. Los orígenes de esa excitabilidad permanente del cuerpo pueden ser entendidos de múltiples maneras, una que parece prevalecer en Freud y en muchos psicoanalistas que han seguido sus pasos, es el plantear a la seducción como origen de la sexualidad; desde esta óptica, es claro que el adulto erotiza el cuerpo de la “cría humana” como la denominó Bleichmar (2006), erotización producida, entre otras formas, a través de palabras que acompañan los cuidados básicos. Esta misma autora habla de una sexualidad del adulto que produce multiplicidad de excitaciones, la cual irrumpe desde épocas muy tempranas en el niño y “está atravesada simultáneamente por sus deseos inconscientes, “pregenitales infantiles” ellos se ensamblan, necesariamente, en una sexualidad genital” (p. 169). Esta idea sigue, en parte, las propuestas freudianas donde se habla de la existencia de una sexualidad infantil, que se expresa en acciones concretas donde se experimenta y se busca placer a través del cuerpo del otro o del propio.
La sexualidad no solamente implica esta excitabilidad y la búsqueda de ella, abarca un conjunto de fantasías y de interrogantes presentes desde tiempos muy arcaicos en el sujeto. Esas interrogantes conducen a niñas y niños a plantear un conjunto de “teorías sexuales infantiles”, tal es la expresión de Freud esbozada primeramente en sus Tres ensayos de una teoría sexual. Una característica más atribuida a la sexualidad es plantearla como fuerza vital ligada a la pulsión, fuente inagotable de estimulación interna. En el texto denominado Las pulsiones y sus destinos, Sigmund Freud (1915/1990a) habla de que esa excitabilidad endógena puede llegar a tener más poder que los estímulos externos; así, las pulsiones y los estímulos derivados de ellas, aparecen como los “genuinos motores” de una “productividad infinita”.
Es aquí donde se tiene un rasgo crucial para dar cuenta, hasta cierto, punto de la diversidad sexual. Este rasgo es la labilidad de la pulsión sexual, al señalar este rasgo se hace referencia a que la pulsión carece de objeto definitivo y normal, Freud (1905/1996) arribó a este hallazgo a través de su escucha clínica y al retomar críticamente las indagaciones de sus contemporáneos interesados también en la sexualidad humana. Hablar de perversiones sexuales le permitió reconocer los movimientos de la pulsión sexual, claramente diferenciada del instinto y descentrada de valoraciones morales. Se reconoce así que hay diferentes formas de excitación corporal y psíquica que no se restringen a los genitales.
Masotta (1977) planteó, en esta lógica, que el discurso psicoanalítico se constituye sin expulsar a las perversiones: “O, más aún, un discurso que no sólo otorga racionalidad a la perversión sexual (que se permite pensarla, tornarla inteligible), sino que de alguna manera afirma que su propia racionalidad como discurso depende de lo que las perversiones sexuales nos muestran y nos obligan a indagar” (pp. 23–24). La sexualidad humana es pues un horizonte abierto y amplio donde las figuras enigmáticas, de excitabilidad y de satisfacción son múltiples, tenemos así: gran cantidad de tabúes y prejuicios que pueden acompañar o distanciarse del voyerismo, exhibicionismo, fetichismo, sadismo, masoquismo.
Desde el punto de vista psicoanalítico, dos cosas más distinguen a la sexualidad, ella se articula permanentemente a los padecimientos psíquicos; por otra parte, la clínica psicoanalítica demuestra que, aunque se sea un adulto, hay grandes residuos de la sexualidad infantil vinculados al sufrimiento psíquico. Uno de esos residuos es la bisexualidad, que puede permanecer en estado latente o hacerse explícita, esa bisexualidad está articulada estrechamente a la labilidad de la pulsión, así, queda muy claro que lo que denominó Freud (1905/1996a) como “inversión psíquica” es universal; algo presente en todo ser humano, insistió en que en la vida anímica de todos los neuróticos existirán mociones de inversión jugando un papel fundamental en el devenir de su existencia; así lo enfatiza Marín (2020) al realizar una minuciosa y valiosa investigación en torno al tema de la homosexualidad en parte importante de la cartografía psicoanalítica; Marín ubica a Sigmund Freud como: “… uno de los primeros críticos al impugnar el concepto de “normalidad”, colocando a la homosexualidad en la génesis de la sexualidad humana, promoviendo siempre su componente psíquico, subjetivo e inconsciente” (p. 101).
Las cosas no se detienen ahí, si se toma en serio lo planteado por el filósofo Foucault (1982) nos enfrentamos a que el cuerpo sexuado también es lugar de embestidas exteriores, una modalidad de esas embestidas es la incidencia de los discursos, los cuales representan distintas estrategias del poder. Esto queda suficientemente claro cuando, en el Tomo Uno de Historia de la sexualidad, Foucault menciona que más que reprimida, la sexualidad es espacio de discursividad, de enunciación de verdades las cuales muy pronto adquieren tintes políticos; en esos discursos se anida lo que debe ser y hacerse con la sexualidad, se expresan intereses de grupos e instituciones cuya finalidad es tener poder sobre los cuerpos, someterlos, alienarlos más de lo que los cuerpos ya están. Foucault hablará de: “biopolítica para designar lo que hace entrar a la vida y sus mecanismos en el dominio de los cálculos explícitos y convierte al poder-saber en un agente de transformación de la vida humana” (p. 172). Se tiene entonces una “proliferación de tecnologías políticas” las cuales buscan invadir de modo permanente el cuerpo, aplicando a “lo viviente” esfuerzos por someterlo al campo del “valor y la utilidad”.
El sujeto se encuentra ante un doble agobio, aquel operando desde los discursos encarnados en instituciones, grupos e individuos cercanos; por otra parte, el agobio que proviene de procesos psíquicos donde destaca la instancia superyoica enseñándose con el sujeto de modo permanente exigiéndole la adecuación a ciertos ideales, reprochándole, requiriéndole formas de actuar, de decir, al mismo tiempo que reclamando modos de estar en el mundo apegados a ciertos modelos.
Superyó y diversidad sexual
Según Sigmund Freud (1932–1933/1987), el superyó se da a la tarea de mantener la autoridad parental, representando no solamente las normas y leyes a las que debe apegarse un sujeto dentro de la cultura, también reúne costumbres, hábitos familiares, populares, raciales, incorporando subrogados o sustitutos parentales como los maestros, personajes ejemplares o ideales admirados por la sociedad. En sus Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis, específicamente cuando se refiere a La disección de la personalidad psíquica, enuncia el carácter obsceno y feroz del superyó. En ese texto señala que, aunque la educación de los padres haya sido benigna, la estructura superyoica al ser dotada de energía agresiva, desarrolla por sí misma funciones feroces, punitivas, sancionando al yo y haciéndole pagar por cosas que fueron ya castigadas en el pasado. Posteriormente, bajo la misma lógica, en El esquema del psicoanálisis (1938–1940/1993) nos plantea cómo el superyó, al tomar elecciones unilaterales relacionadas con el rigor y la dureza de los padres, emprende el camino sumándose a la causa de la pulsión de muerte; “Con la instalación del superyó, montos considerables de la pulsión de agresión son fijados en el interior del yo y ahí ejercen efectos autodestructivos” (Freud, 1938–1940/1993, p. 148). Se aprecia que esa energía agresiva convertida en reclamos al yo está muy relacionada con la pulsión de muerte, ejerciendo un influjo permanente, ante esta operación una pregunta se abre paso: ¿el sujeto puede ser consciente de ese influjo que sobre su yo ejerce la pulsión de muerte?
En este apresurado recorrido y para contar con ciertos elementos que permitan enfrentar esta última interrogante, es indispensable incluir el amor que el infante siente por los progenitores, ese amor delimita el campo de incidencia de la mencionada instancia, dicho de otra manera: el superyó se instala sobre una base amorosa, sobre una relación de objeto, operación de investimento libidinal de ese objeto. La ley del superyó no tiene entonces una cualidad intrínseca a ella que le conduzca a su implantación en el sujeto, es el amor erótico el que juega un papel determinante en el proceso de instauración del superyó y en que aparezcan muy pocos indicios, para el sujeto, de la arquitectura que ha configurado la pulsión de muerte.
En tiempos actuales podemos pensar que es ese amor, o la ambivalencia hacía los padres, lo que lleva a muchos adolescentes a ocultarles sus preferencias homosexuales a los progenitores y a experimentar grandes sufrimientos por ese ocultamiento. La batalla es cruel, en ocasiones el sujeto paga de modo permanente, o se siente en deuda por no lograr cubrir ese monto ilimitado de exigencias superyóicas. En este momento vale la pena colocar otra pregunta, la cual permite hacer una intersección entre lo planteado por Freud y lo que se ha recuperado aquí de Michel Foucault: ¿qué de aquello que enuncian los distintos discursos se transforma en voces del superyó?
En un texto de 1920 escrito por Freud, denominado Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina podemos encontrar algunas pistas para enfrentar esta interrogante. Un primer elemento digno de ser subrayado es que la joven de 18 años, acepta asistir al consultorio de Sigmund Freud por la insistencia del padre, quien tiene la esperanza de que el trabajo terapéutico traiga como resultado un cambio en las preferencias de su hija. Ante esta demanda hay una postura clara del fundador de nuestra disciplina: “No es misión del psicoanálisis solucionar el problema de la homosexualidad. Tiene que conformarse con revelar los mecanismos psíquicos que han llevado a decidir la elección de objeto, y rastrear desde ahí los caminos que llevan hasta las disposiciones pulsionales” (1920/1990b, p. 163).
A pesar de la contundencia, Freud asume ahí la existencia de un problema en la homosexualidad, sin especificar cuáles son las características de ese “problema”, ¿acaso para él es un problema en tanto que ha encontrado en una persona muy cercana una preferencia similar a la que muestra su joven paciente? Nos referimos a que paralelamente al trabajo con esta joven, realiza el análisis a su hija Anna; sin duda estamos especulado y no abundaremos más en la cuestión, nos centraremos en los elementos que se aportan en el escrito recién mencionado para ver ahí el despliegue del superyó, aclarando que en la época del tratamiento aún no se encuentra enunciado como concepto; sin embargo, se aprecian operaciones psíquicas que apuntan a la incidencia de esta instancia. Asistir a la consulta para dar gusto al padre, sería una de las manifestaciones del superyó, pues es claro que hay una serie de sentimientos negativos dirigidos hacía aquel que no han podido ser tramitados, los cuales configuran tanto la deuda como la culpa en la paciente que pueden ser saldados, hasta cierto punto, asistiendo a sesiones de psicoanálisis. El discurso del padre, porta ciertos valores prevalecientes en la Viena de principios del siglo XX y se materializa en exigencias concretas dirigidas hacía su hija, ella procesa y metaboliza esas exigencias; entonces surgen la culpa y la convicción de tener una gran deuda con el padre, lo que conduce a acciones en la jovencita articuladas a sus conflictos psíquicos.
Lo curioso es que Sigmund Freud no reconozca en ella una neurosis, sin embargo, da cuenta de una serie de sentimientos conflictivos generados en la joven respecto a su madre, a su padre, así como de los producidos por el hermano mayor y la llegada de un nuevo crío a la familia. A pesar de no reconocerla como neurótica, los embriones transferenciales producidos entre el psicoanalista y la muchacha generan una narrativa asociada a representaciones donde ella aparece rechazada constantemente por la dama mayor a quien ama, la cual solo le permite besarle la mano. Algo la obliga a acercarse a un amor imposible, colocándose únicamente en el lugar de amante, pero no el de amada, como si no mereciera ocupar tal sitio; ese algo que impulsa hacía esas zonas permanece operando reiteradamente en la subjetividad de la jovencita. Por otra parte, Freud alude a una trama familiar digna de no perder de vista y emplea la expresión “hacerse a un lado”, fórmula que parece jugar un papel fundamental en el origen inconsciente de la homosexualidad, no solo de la jovencita, también de otros casos citados en un largo pie de página; donde se localiza parte de la historia reconstruida de los pacientes evocados por nuestro autor, esa “anamnesis” permite vislumbrar el odio hacía el padre, hacía la madre, el deseo inicial de tener un hijo del padre, la desilusión ante la imposibilidad de no consumar este deseo; la ruptura de vínculos amorosos plasmados en representaciones, que trae como consecuencia identificarse con el objeto de amor del amado; el odio hacía el hermano mayor y los hermanos pequeños recién llegados. Toda esta efervescencia de afectos, representaciones y deseos son, hasta cierto punto, reprimidos y se produce en su lugar ese “hacerse un lado” de la que emerge la preferencia sexual; especie de sacrificio que lleva a la renuncia heterosexual. Esta argumentación parece estar, según Freud (1920/1990b), en el origen de la homosexualidad, atreviéndonos a ampliar más su radio de influencia podríamos decir que en el origen de la diversidad sexual, así como de los múltiples desplazamientos de la pulsión sexual está la efervescencia afectiva y representacional, multiplicidad de conflictos con el otro, y consigo mismo. El fundador del psicoanálisis vuelve a emplear la expresión “hacerse un lado” en un breve escrito denominado Sobre algunos mecanismos en los celos, la paranoia y la homosexualidad, insiste ahí en una fijación a la madre casi universal, cuyo trámite deriva en el origen de la homosexualidad. A esto agrega un conjunto de elementos que hacen más complejo el origen de la homosexualidad:
Vínculo con la madre, narcisismo, angustia de castración: he ahí algunos factores (en manera alguna, específicos, por lo demás) que habíamos descubierto hasta el presente en la etiología psíquica de la homosexualidad, y a ellos se sumaban todavía la influencia de la seducción, culpable de una fijación prematura de la libido (p. 225).
Adelante habla de los celos entre los hermanos, principalmente varones y la manera en que este tipo de afectos puede estar articulado a la homosexualidad masculina, en la medida en que entra en operación ahí la represión de esos celos: “… se llegaba así a la represión y a la trasmudación de sentimientos de suerte que los que antes eran rivales devenían los primeros objetos de amor homosexual”.
Como se observa, el origen de la diversidad sexual se torna complejo y un tanto mítico, en la medida en que se produce en etapas muy iniciales de la existencia. Donde está la fijación a la madre, el complejo de Edipo, pero también operan ahí los vínculos entre los hermanos, que derivan en lo que Paul-Laurent (2000) denominó “destinos del lazo fraterno”, donde el odio a los hermanos es determinante. Es necesario repensar si se va a incluir dentro de la trama edípica esa circulación del odio entre hermanos y sus consecuencias, para poder seguir insistiendo en que el superyó es el heredero del complejo de Edipo, sobre todo cuando en muchos casos se observa una tendencia al sacrificio, disposición subjetiva a colocarse en el lugar donde se pueden recibir maltratos o a situarse como aquel que tiene derecho a ejercer humillaciones y crueldad en otros, especie de sed de sumisión o de venganza que se gestó en una trama donde estuvieron involucrados no solo los padres, también los hermanos u otros niños y niñas, con los que se convivió. Vínculos que produjeron representaciones y afectos que tuvieron su estatuto de conscientes, pero muy pronto cedieron el paso a la represión y a sus restos, a las huellas de aquello reprimido. Lo excluido de la conciencia puede tomar las vías de una elección bisexual u homosexual potencial, virtual, aceptada con reservas o con orgullo, preferencia vinculada a las múltiples expresiones que hoy se legitiman con narrativas y acciones concretas en contra de la discriminación, de la exclusión. La misma paciente de Freud (1920/1990b) exigía esos derechos de igualdad: “Era en verdad una feminista, hallaba injusto que las niñas no gozaran de las mismas libertades que los varones, y se revelaba absolutamente contra la suerte de la mujer” (p. 161)
A pesar de esa lucha legitima por los derechos y el reconocimiento de la igualdad, conviene preguntarse si no late con cierta fuerza una tendencia al sacrificio, un imperativo superyóico plagado de culpas y reproches, de autoagresiones donde el interjuego pulsional lábil nos acerca a zonas en las que placer y displacer se con-funden de modo complejo, al grado de no poder diferenciarlos con claridad, desplegando figuras en las que se materializa el superyó visualizadas por Rubén Musicante (2016) y mencionadas en la introducción del presente escrito. No está por demás precisar, siguiendo los planteamientos freudianos, que no es prioritaria de los bisexuales y homosexuales el haber transitado por esa efervescencia afectiva- representacional, donde la fijación a la madre ocupa un lugar privilegiado. Todos estaríamos sometidos a ese proceso, de tal modo que la bisexualidad y la homosexualidad laten con cierta fuerza en el género humano. Pero se acepta o no, se encuentra en el plano de lo preconsciente o de lo inconsciente; de cualquier modo, somos vecinos distantes o cercanos de ese tipo de manifestación de la pulsión.
El discurso médico y el superyó operando en la diversidad sexual.
Lo que venimos planteando acá es que todos formamos parte de la diversidad sexual en la medida en que habita en nosotros esa labilidad de la pulsión, la cual puede incluso adquirir rostros homofóbicos, misóginos; donde palpitan con pujanza, entre otros procesos, el rechazo a reconocer en nosotros la bisexualidad y las tendencias homosexuales. Se visualiza así un sadismo expresado radicalmente en la intolerancia a las preferencias sexuales de los otros, pero también hacia las que se hospedan en uno mismo. Por otra parte, asumirse conscientemente en un lugar específico de la diversidad sexual tiene que ver, desde nuestra óptica, con las propuestas de Lacan (1971/2009; 1972–73/2016) quien señaló con relativa claridad que la identidad se articula con el semblante; así, la homosexualidad, el lesbianismo, la transexualidad y otras figuras de la diversidad sexual adquieren el estatus de semblantes, en la medida en que así se organiza el deseo para enfrentar el vacío donde se encuentra la imposibilidad de la relación sexual, donde no existe complementariedad en el encuentro sexual. En esto último Jacques Lacan sigue muy de cerca lo propuesto por Bataille (1957/1997) en El erotismo.
Es en el Seminario 20 donde Lacan (1973/2016) subraya en varias ocasiones, que “no hay relación sexual”; en esta dirección, las identidades sexuales, los semblantes asumidos representan discursos y goce ante el vértigo enigmático y conmovedor de la sexualidad. Ahí, en el mismo Seminario denominado Aun, habló de “sexuación”, para referirse a la manera en que el sujeto se inscribe con respecto a la función fálica, señalando previamente que el “superyó es correlato de la castración” lo cual se manifiesta en el imperativo “Goza”. Dado lo expuesto anteriormente aquí, cuando seguíamos los pasos de Freud, no consideramos que haya solamente una primacía fálica en el origen de los semblantes en lo que a diversidad sexual se refiere, pero sí aceptamos que tanto la homosexualidad como la heterosexualidad son modos de goce que funcionan como semblantes ante lo enigmático y hasta angustiante de la sexualidad. Así, la elección sexual es semblante, apariencia donde residen y palpitan un conjunto de deseos inexplorados, reprimidos, en ocasiones esos deseos pueden pasar al plano de lo preconsciente.
Siguiendo esta lógica, destacan el travestismo y la transexualidad donde se promueve una nueva relación con el cuerpo poniendo en entredicho los referentes simbólicos que prevalecen en ciertas agrupaciones e instituciones; esos cuestionamientos en el siglo XXI aparecen de modo frecuente, asociados a un conjunto de reivindicaciones sociales que nos parecen legítimas, pero entrelazadas peligrosamente a sectores del capitalismo salvaje que los analistas no podemos pasar por alto. Si por un momento nos concentramos en quienes se asumen como transexuales, podemos preguntarnos si en el imperativo de tener un cuerpo con ciertas características opera determinada estética idealizada, la cual lleva a que ese virtual cuerpo pueda ser reconocido por la misma persona y por los otros como cuerpo deseado.
Butler (2021) en su libro Deshacer el género insiste en un imperativo del que es muy difícil escapar: “el anhelo de reconocimiento”. Recuperando esta argumentación podemos plantear aquí una interrogante más: ¿ese anhelo de reconocimiento se vincula con el superyó y sus diferentes modalidades de expresión? Cómo hipótesis podemos decir que sí, en la medida en que ese anhelo se concentra en un goce que sostiene el semblante y busca el reconocimiento de los otros, entrelazando elementos que parecen estar en juego cuando se pone en marcha la maquinaria superyóica que acosa al yo. Exigiendo placeres, proponiendo juicios y fantasías que se eleven a modelos universales incluso contradictorios, muchas veces promoviendo y agudizando el conflicto, el sufrimiento del ser humano.
Es necesario considerar en cada caso el cuerpo imaginado estrechamente articulado a una genitalidad igualmente idealizada. Es decir, específicamente en la transexualidad, se piensa que las transformaciones del cuerpo pueden llevar a una zona dónde se obtendrá un plus de placer, o un placer muy diferente al que se percibe cotidianamente con el cuerpo que aún no se transforma. Con ese arsenal imaginario, demandan a otros discursos o instancias sociales transformaciones corporales, las cuales apuntan a una estética igualmente imaginada. Un ideal de belleza corporal que, al no lograrse, puede atormentar al sujeto, haciéndolo padecer de modo permanente. La industria médica y farmacéutica del siglo XXI responden, en ocasiones aceleradamente, a esas demandas estéticas, impulsando negocios quirúrgicos y farmacológicos al involucrarse en las transiciones. Muchas veces, los profesionales de la medicina que se implican en estos procesos de tránsito desconocen las novelas familiares e institucionales a las que pertenecen quienes imaginan e idealizan una otra estética para su cuerpo, poco les importa la historia libidinal de ese sujeto que demanda una transformación. Habría que indagar si los médicos, o los voceros del discurso médico y farmacéutico implicados en la transición están interesados en el sufrimiento y los conflictos psíquicos de quienes quieren realizar las transiciones; o se comportan como lo hizo el farmacéutico de apellido Homais al convencer a Charles Bovary, en la clásica novela de Gustav Flaubert, de realizarle una operación al mozo de pie zambo llamado Hippolyte; ambos apoyados en una alianza perversa y en la fascinación por los avances de la ciencia médica decimonónica.
Creemos que no está de más preguntar si esas instancias médicas no se convierten en un verdadero poder que atrapa la transexualidad y en cierto sentido la gobierna, tal y como lo señala Loera (2022), cuando menciona que el poder médico fabrica cuerpos sujetados ajustándose más a una singularidad orgánica, desconociendo “el cuerpo erógeno”. Por esta razón es conveniente poner sobre la mesa la siguiente pregunta: ¿estos dispositivos médicos se concentran únicamente en la apariencia de la demanda que resulta rentable, o hay consideraciones subjetivas relevantes en juego? La transición, es algo muy complejo, gran cantidad de elementos deben ser considerados, muchos de ellos tienen que ver con los ideales, imperativos, fantasías y angustias, que se juegan a niveles tanto intersubjetivo como intrasubjetivo. Al tener noticia del caso Brenda/David, así como del de Agus/Gabi, es posible percibir los distintos niveles en que se produce una transición. Butler (2021) y Bleichmar (2006), cada una en su contexto y desde su perspectiva, nos han puesto en contacto con el campo sociólogo-ideológico, así como con el plano intrasubjetivo de estas transformaciones. En las dos situaciones hay elementos para imaginar y experimentar lo complejo que es una transición, sobre todo cuando se hace presente lo jurídico, ensamblándose de modo enmarañado con las perspectivas médicas que apuestan por las cirugías en muchos casos idealizadas.
Por otra parte, Door (1996) al hablar de “la servidumbre estética de los travestis” (p. 71) nos aporta un conjunto de evidencias clínicas en torno a esa estética idealizada, él se refiere a los travestis que se esmeran día con día en construir y sostener una imagen corporal, un semblante. En la construcción de esa imagen invierten gran cantidad de tiempo, esfuerzos psíquicos, físicos, así como sumas respetables de dinero. Las industrias del maquillaje y el vestido salen beneficiadas por esas idealizaciones, por esos imperativos.
Vemos idealizaciones e imperativos que operan en la particularidad de quienes se asumen fuera de la sexualidad binaria; exigencias pulsionales colmadas de imaginación que obligan a realizar un encuentro sexual genital donde se juega un ideal de placer extremo, un plus de goce. Aquí la alianza pulsión-superyó embiste una y otra vez al yo, hasta que se puede apalabrar un poco respecto a esas exigencias teñidas por lo imaginario. Con un trabajo constante y permanente se pueden explorar esas historias que remiten muy pronto a la novela familiar e institucional, puede aparecer ahí una madre un tanto desquiciada y difícil de satisfacer, así como la enorme dificultad para aceptarse como homosexual ante un padre que se imagina terrible, o ante la propia madre. En grados extremos, esa imaginería puede conducir a intentos de suicidio, los cuales representan la ocasión para mostrar principalmente ante los progenitores el deseo de cuerpos del mismo sexo. Antes de bordear esos límites mortíferos, donde se coloca al cuerpo en prenda sometiéndose al superyó, el psicoanálisis convoca a una resignificación del pasado y del presente, donde seguramente se experimentan rechazos, discriminaciones reales que vuelven insoportables las voces del superyó.
Conclusiones
Freud (1923/1996b) señaló que la posición del superyó al interior del yo necesita reconocerse desde dos ángulos:
El primero. Es la identificación inicial ocurrida cuando el yo era todavía endeble; y el segundo: es el heredero del complejo de Edipo, y por tanto introdujo en el yo los objetos más grandiosos… Es accesible sin duda a todos los influjos que pueden sobrevenir más tarde, no obstante conserva a lo largo de la vida su carácter de origen, proveniente del complejo paterno, la facultad de contraponerse al yo y dominarlo. Es el monumento recordatorio de la endeblez y dependencia en que el yo se encontró en el pasado, y mantiene su imperio aun sobre el yo maduro. Así como el niño estaba compelido a obedecer a sus progenitores, de la misma manera el yo se somete al imperativo categórico de su superyó (p. 49.)
Nuestro autor liga entonces al superyó con las “primeras elecciones de objeto” pero reconoce que existe: “… una enérgica formación reactiva contra las mismas. Su vínculo con el yo no se agota en la advertencia: «Así (como el padre) debes ser», sino que comprende también la prohibición: «Así (como el padre) no debes ser: no puedes hacer todo lo que él hace; muchas cosas le están reservadas ». (Freud, 1923/1996b, p. 37) No está por demás puntear que en la traducción realizada por Luis López Ballesteros (1923/1981) enfatiza la última frase señalando “le están exclusivamente reservadas” (p. 2714). De las citas anteriores es necesario resaltar la fragilidad del yo y su disposición a martirizarse a través de una parte de sí denominada superyó, que manda mensajes contradictorios. Reconocer esto, llevó a Gerez (1993) a afirmar, siguiendo a Freud y a Jacques Lacan, que la instancia superyóica está comprometida con la pulsión de muerte, y su peso se hace evidente tanto en la clínica psicoanalítica como en el malestar en la cultura. Esta misma autora, en otro texto, le dará un lugar relevante a la madre “… el superyó como puro capricho sin ley, está íntimamente ligado al deseo de la madre. Lenguaje, desvalimiento y dependencia configuran para Freud la base del superyó que anida en la subjetividad como la más íntima exterioridad” (Gerez, M. 1999; p. 57). La efervescencia afectiva y representacional en relación a sus padres, jugara un papel de una época relevante en el sujeto para configurar esa instancia que forma parte del yo y que tiende a convertirlo en vasallo.
Si bien la denominación Superyó aparece en 1923, la indagación realizada por Gerez arroja, entre otros, el siguiente saldo: “En el itinerario por los primeros casos freudianos (Augusto P. una paranoia femenina, las neurosis obsesivas, “Emma”, y el mismo “caso Freud” analizado desde sus sueños) puede vislumbrarse claramente la presencia ‑bajo los nombres de sacrificio, automartirio, autopunición y delirio de ser notado- de una fuerza aniquilante en el destino de todo sujeto. Fuerza que podemos reconocer, en estos primeros casos, tras la fachada de la (aún) nocional “conciencia moral”, vinculada al parricidio, la culpa y el castigo” (Gerez, 1993, p. 28). Se cuenta así con evidencias de que desde el inicio de su práctica Freud se percató de una fuerza que operaba contra el sujeto, a la que posteriormente denominó superyó, esa potencia se hacía presente en el malestar de los pacientes, que sin dejar de ser cultural también era psíquico, pues no dejaban de aparecer ahí los ideales y el conflicto.
Pereña (2012) habla de los ideales, enfatizando que ellos son la clara evidencia de la alienación experimentada por el sujeto. En casos extremos algunos seres humanos llegan a “… estar hipotecados y esclavizados a la respuesta del otro, a la menor adversidad, o desagrado, reproducen la escena traumática del abismo y de la dependencia de los demás para vivir. Una nimiedad que conlleve reproche u hostilidad de parte de alguien los sumerge en un estado de indefensión y descalificación espantoso… Dicha deuda es una atadura y una dependencia que odian, pero que no pueden romper. Y así, de ese modo se aseguran de no perder el lugar del yo-ideal, sin el que, piensan solo quedará la desolación” (p. 68). Pereña insiste en que los otros se convierten así en una especie de “tribunal universal”, el cual pesa sobre el cuerpo del sujeto, paradójicamente ese peso posibilita no enfrentar la desolación, la soledad, así como la pregunta por su deseo. Tenemos aquí la operación de un superyó implacable articulada a la otredad, ante esto, el psicoanálisis convoca a abrirle las puertas a un discurso propio, donde se puedan explorar alienaciones a los discursos impuestos y sus imperativos; en esa re-construcción de la historia el sujeto puede reelaborar la efervescencia afectiva y representacional de otros tiempos, así como la actualidad de sus conflictos cuando enfrenta violencias concretas promovidas por otros o por él mismo, al asumirse conscientemente como parte de la diversidad sexual. También se pueden enfrentar los rasgos discursivos y operativos de un capitalismo que asedia de diferentes modos la diversidad sexual, queriéndose apropiar de los cuerpos pues ellos le resultan muy rentables; así el psicoanálisis reconoce que la sexualidad humana es una construcción social donde juegan un papel crucial los fenómenos psíquicos articulados al devenir inconsciente.
Referencias
Bataille, J. (1997) El erotismo. Tusquets Editores. (Trabajo original publicado 1957)
Butler, J. (2021) Deshacer el género. Paidós.
Bleichmar, S. (2006) Paradojas de la sexualidad masculina. Paidós.
Door, J. (1996) Clínica psicoanalítica. Enseñanza, conducción de la cura, estudios clínicos. Gedisa.
Foucault, F. (1982) Historia de la sexualidad. Tomo Uno. Siglo XXI.
Flaubert, G. (1982) Madame Bovary. Editorial Origen. (Trabajo original publicado 1857)
Freud, S. (1987) Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis. En: Obras Completas Tomo III. Biblioteca Nueva. pp. 3101–3206. (Trabajo original publicado 1932–1933)
Freud, S. (1990a) Las pulsiones y sus destinos. En: Obras completas, tomo XIV, Amorrortu. pp107-134. (Trabajo original publicado 1915)
Freud, S. (1990b) Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina. En: Obras completas Tomo XVIII. Amorrortu, pp. 137–164. (Trabajo original publicado 1920)
Freud, S. (1990c) Sobre algunos mecanismos en los celos, la paranoia y la homosexualidad. En: Obras completas Tomo XVIII. Amorrortu, pp. 113–226. (Trabajo original publicado 1922)
Freud, S. (1993). El esquema del psicoanálisis. Obras completas, tomo XXIII. Amorrortu. pp.133–210. (Trabajo original publicado 1938–1940)
Freud, S. (1996a). Tres ensayos de una teoría sexual. En: Obras completas, tomo VII. Amorrortu. pp109-225. (Trabajo original publicado 1905)
Freud, S. (1996b) El yo y el ello. En: Obras completas, tomo XIX Amorrortu. pp. 1–63. (Trabajo original publicado 1923)
Gerez, M. (1993) Las voces del superyó. En la clínica psicoanalítica y en el malestar en la cultura. Estudios Psicoanalíticos. Manantial.
Gerez, M. (1999) Imperativos del superyó. Testimonios clínicos. Lugar Editorial.
Lacan, J. (2009) De un discurso que no fuera del semblante. El seminario, libro 18. Paidós. (Trabajo original publicado 1971)
Lacan, J. (2016) Aun. El seminario, libro 20. Paidós. (Trabajo original publicado 1972–1973)
Loera, M. A. (2022) La transexualidad entre el cruce de las fronteras sexo-género, entre la mirada médica y la escucha psicoanalítica, entre la visibilidad y la invisibilidad. Tesis de Doctorado. Colegio de Saberes.
Paul-Laurent, Assoun (2000) Lecciones psicoanalíticas sobre hermanos y hermanas. Ediciones Nueva Visión
Marín, N. (2020) Lo que el psicoanálisis dice de la homosexualidad. Homosexualismo, sexuación y teoría queer. Navarra Ediciones.
Masotta, O. (1977) Lecciones de introducción al psicoanálisis. Gedisa.
Musicante, R. (2016) El superyó en la obra Freudiana. Aperturas hacía el psicoanálisis en la actualidad. En Bleichmar, S. et al., Intervención en crisis ¿encuadre o dispositivo analítico? Editorial Brujas, pp. 95–16.
Pereña, F. (2012) Melancolía y creencia. En Rev. Espectros del Psicoanálisis., No. 9. Invierno, 62–83.
Rodríguez, J. (1990) De un lugar a otro. Una lectura de “Sobre la trasposición de las pulsiones y en particular del erotismo anal”. En Bleichmar, S. et al., Lecturas de Freud (251–279). Lugar Editorial.
Notas
- Este texto es producto del Proyecto de Investigación: Psicoanálisis, subjetividad y procesos Educativos, de la FESI, UNAM. ↑
- Profesores de la Carrera de Psicología en la Facultad de Estudios Superiores Iztacala (FESI), Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM. Correos: José Refugio Velasco jorevel@unam.mx, y María Teresa Pantoja mtpantoja@unam.mx ↑
