El concepto de tiempo: una revisión de su uso en distintas teorías de la psicología

The Concept of Time: a Review of its Use in Different Theories of Psychology

René Rincón-Reyes[1], Yoselyn Servín García[2] y Virginia Pacheco Chávez[3]

Facultad de Estudios Superiores Iztacala, UNAM

Resumen

El tiem­po ha sido defi­ni­do como una dimen­sión res­pec­to de la cual pode­mos eva­luar los cam­bios y su orden en un even­to par­ti­cu­lar. Sin embar­go, dado que los con­cep­tos no son inde­pen­dien­tes del mar­co teó­ri­co des­de el cual se defi­nen, se sigue que, en el caso de la psi­co­lo­gía, depen­dien­do del mar­co teó­ri­co, cam­bia­rá la defi­ni­ción del con­cep­to de tiem­po. El obje­ti­vo del pre­sen­te estu­dio fue deli­mi­tar el uso del con­cep­to de tiem­po en dife­ren­tes mar­cos teó­ri­cos de la psi­co­lo­gía. Para ello se ana­li­zó el uso del con­cep­to de tiem­po en 4 teo­rías: la epis­te­mo­lo­gía gené­ti­ca, la psi­co­lo­gía his­tó­ri­co-cul­tu­ral, el con­duc­tis­mo radi­cal, y el inter­con­duc­tis­mo. Se con­clu­ye que el con­cep­to de tiem­po tie­ne dos usos gene­ra­les: como dimen­sión res­pec­to de la cual se eva­lúa la per­ma­nen­cia o cam­bio de los even­tos psi­co­ló­gi­cos; y como eva­lua­ción de un orga­nis­mo de los cam­bios de su pro­pia con­duc­ta o de su entorno.

Pala­bras cla­ve: Tiem­po, Con­cep­to, Teo­rías de la psi­co­lo­gía, Aná­li­sis Con­cep­tual.

Abstract

Time has been defi­ned as a dimen­sion with res­pect to which chan­ges and their order within a par­ti­cu­lar event can be eva­lua­ted. Howe­ver, becau­se con­cepts are not inde­pen­dent of the theo­re­ti­cal fra­me­works within which they are defi­ned, it follows that in psy­cho­logy the defi­ni­tion of time varies accor­ding to the theo­re­ti­cal pers­pec­ti­ve adop­ted. The aim of the pre­sent study was to deli­mit the use of the con­cept of time across dif­fe­rent theo­re­ti­cal fra­me­works in psy­cho­logy. To this end, the use of the con­cept of time was analy­zed in four theo­ries: gene­tic epis­te­mo­logy, his­to­ri­cal-cul­tu­ral psy­cho­logy, radi­cal beha­vio­rism, and inter­beha­vio­rism. The analy­sis leads to the con­clu­sion that the con­cept of time has two gene­ral uses: first, as a dimen­sion with res­pect to which the sta­bi­lity or chan­ge of psy­cho­lo­gi­cal events is eva­lua­ted; and second, as an organism’s eva­lua­tion of chan­ges in its own beha­vior or in its envi­ron­ment.

Key­words: Time, Con­cept, Psy­cho­lo­gi­cal Theo­ries, Con­cep­tual Analy­sis.

Se sue­le afir­mar que todo even­to ocu­rre siem­pre en un lugar y en un momen­to par­ti­cu­la­res. El lugar refie­re al espa­cio físi­co en el que acon­te­ce el even­to, mien­tras que el momen­to refie­re al tiem­po físi­co res­pec­to del cual pue­de eva­luar­se su per­ma­nen­cia o cam­bio. La físi­ca fue la pri­me­ra dis­ci­pli­na cien­tí­fi­ca en cate­go­ri­zar y estu­diar el tiem­po, con­cep­tua­li­zán­do­lo como una dimen­sión de los hechos, even­tos o fenó­me­nos natu­ra­les. A par­tir de este tra­ta­mien­to (en par­ti­cu­lar, des­de la físi­ca new­to­nia­na) dis­ci­pli­nas como la quí­mi­ca, la bio­lo­gía y la psi­co­lo­gía adop­ta­ron ini­cial­men­te el con­cep­to sin mayo­res modi­fi­ca­cio­nes, enten­dién­do­lo como una dimen­sión con­ti­nua res­pec­to de la cual se mide la per­ma­nen­cia o el cam­bio de los even­tos (Ribes, 1992).

Aun­que exis­te una con­cep­ción gene­ral del tiem­po (la con­cep­ción físi­ca o cro­no­mé­tri­ca), es nece­sa­rio seña­lar que el tiem­po, como con­cep­to, no es inde­pen­dien­te del apa­ra­to teó­ri­co des­de el cual se ana­li­zan y expli­can los even­tos (Blanck-Cerei­ji­do y Cerei­ji­do, 1988). Por ejem­plo, en quí­mi­ca el tiem­po sue­le con­cep­tua­li­zar­se de mane­ra simi­lar a la físi­ca new­to­nia­na; sin embar­go, tam­bién se ha pro­pues­to un tiem­po quí­mi­co defi­ni­do en tér­mi­nos del nivel de entro­pía de los even­tos. Dado que la entro­pía tien­de siem­pre a incre­men­tar­se, es posi­ble deter­mi­nar que el tiem­po quí­mi­co ha trans­cu­rri­do y en qué medi­da, com­pa­ran­do los nive­les de entro­pía entre even­tos: aquel con menor entro­pía se con­si­de­ra ante­rior y aquel con mayor entro­pía, pos­te­rior. En este sen­ti­do, el tiem­po se con­cep­tua­li­za como el cam­bio posi­ti­vo de la entro­pía (Sacher, 1976).

En bio­lo­gía, el con­cep­to de tiem­po tam­bién ha sido abor­da­do de diver­sas for­mas. En algu­nos casos se ha reto­ma­do direc­ta­men­te la con­cep­ción new­to­nia­na, enten­dién­do­lo como la dimen­sión en la que trans­cu­rren los even­tos (Kirk­wood, 2000). En otros, se ha con­cep­tua­li­za­do en tér­mi­nos de rit­mos bio­ló­gi­cos, en la medi­da en que cier­tos pro­ce­sos ocu­rren de mane­ra perió­di­ca y con patro­nes rela­ti­va­men­te esta­bles (Kouk­ka­ri y Sothern, 2006). Final­men­te, tam­bién se ha enten­di­do como una suce­sión de cam­bios bio­ló­gi­cos deri­va­dos de pro­ce­sos cícli­cos, medi­bles en fun­ción de la edad bio­ló­gi­ca, la cual no nece­sa­ria­men­te coin­ci­de con la edad cro­no­mé­tri­ca (Var­gas y Espi­no­za, 2013).

Estos ejem­plos per­mi­ten obser­var, por un lado, que la con­cep­tua­li­za­ción del tiem­po depen­de del obje­to de estu­dio de cada dis­ci­pli­na y, por otro, que dicha con­cep­tua­li­za­ción deter­mi­na la for­ma en que el tiem­po es medi­do. En este sen­ti­do, resul­ta cohe­ren­te que la físi­ca adop­te una con­cep­ción cro­no­mé­tri­ca del tiem­po (Eins­tein e Infeld, 1984), dado que su obje­to ini­cial fue el estu­dio obje­ti­vo de los cam­bios de la mate­ria. En cam­bio, dis­ci­pli­nas como la quí­mi­ca y la bio­lo­gía han debi­do modi­fi­car tan­to el con­cep­to como su medi­ción para ana­li­zar ade­cua­da­men­te los cam­bios pro­pios de su obje­to de estu­dio.

Dado que el con­cep­to de tiem­po varía en fun­ción del obje­to de estu­dio, se sigue que, en el caso de la psi­co­lo­gía (o psi­co­lo­gías), su con­cep­tua­li­za­ción depen­de­rá del mar­co teó­ri­co des­de el cual se abor­de. Pues­to que una tarea cen­tral de la cien­cia es expli­car el cam­bio, todo mar­co teó­ri­co psi­co­ló­gi­co requie­re un con­cep­to y una medi­da de tiem­po que per­mi­tan eva­luar la per­ma­nen­cia o trans­for­ma­ción de los even­tos psi­co­ló­gi­cos. En este con­tex­to, las herra­mien­tas pro­pues­tas por Witt­gens­tein (2017) per­mi­ten ana­li­zar los con­cep­tos no sólo a par­tir de sus defi­ni­cio­nes, sino tam­bién des­de su uso. Esto posi­bi­li­ta abs­traer defi­ni­cio­nes gene­ra­les y deli­mi­tar las reglas que rigen el empleo de un con­cep­to den­tro de un con­tex­to espe­cí­fi­co.

Con base en lo ante­rior, el pro­pó­si­to del pre­sen­te tra­ba­jo es deli­mi­tar el uso del con­cep­to de tiem­po en dis­tin­tos mar­cos teó­ri­cos de la psi­co­lo­gía. Estas teo­rías se selec­cio­nan con un fin ilus­tra­ti­vo: mos­trar cómo el uso del con­cep­to de tiem­po varía en fun­ción de aque­llo que se defi­ne como obje­to de estu­dio, así como ejem­pli­fi­car cómo las herra­mien­tas con­cep­tua­les seña­la­das pue­den apli­car­se al aná­li­sis de este con­cep­to en otros mar­cos teó­ri­cos. En par­ti­cu­lar, se ana­li­za­rá el con­cep­to de tiem­po en tres teo­rías psi­co­ló­gi­cas selec­cio­na­das a par­tir de un cri­te­rio de varia­bi­li­dad epis­te­mo­ló­gi­ca (que no com­par­tan el mis­mo obje­to de estu­dio): la psi­co­lo­gía his­tó­ri­co-cul­tu­ral, el con­duc­tis­mo radi­cal y el inter­con­duc­tis­mo.

El tiempo en la psicología histórico-cultural

El eje cen­tral del tra­ba­jo de Vygotsky (1995) estu­vo orien­ta­do al estu­dio de la con­cien­cia, defi­ni­da como la inter­ac­ción social con uno mis­mo (Mora y Mar­tín, 2009), enten­di­da como la inter­na­li­za­ción de los com­po­nen­tes socia­les y su uso en la rela­ción del indi­vi­duo con­si­go mis­mo (Wer­tsch y Tul­vis­te, 1992; Cole y Pac­ker, 2016).

Des­de esta pers­pec­ti­va, resul­ta impo­si­ble hablar de desa­rro­llo psi­co­ló­gi­co sin len­gua­je (Vygotsky, 1995; Mahn, 1999; Alder­son-Day y Fernyhough, 2015). El len­gua­je es con­ce­bi­do como una herra­mien­ta median­te la cual los niños des­cri­ben el con­tex­to en el que actúan, soli­ci­tan ayu­da a los adul­tos para rea­li­zar acti­vi­da­des com­ple­jas y pla­ni­fi­can su con­duc­ta a par­tir de lo apren­di­do. En el desa­rro­llo psi­co­ló­gi­co pue­den dis­tin­guir­se dos gran­des momen­tos: una eta­pa pre­ver­bal y una eta­pa ver­bal. Duran­te la eta­pa pre­ver­bal, el apren­di­za­je no se dis­tin­gue del de otros ani­ma­les no huma­nos; sin embar­go, una vez adqui­ri­do el len­gua­je, el desa­rro­llo psi­co­ló­gi­co cam­bia cua­li­ta­ti­va­men­te, ya que éste posi­bi­li­ta no sólo la refe­ren­cia al entorno, sino tam­bién la comu­ni­ca­ción social.

Para Vygotsky, el apren­di­za­je trans­cu­rre de lo social a lo indi­vi­dual, por lo que el len­gua­je y la comu­ni­dad de prác­ti­ca a la que per­te­ne­ce el indi­vi­duo son fun­da­men­ta­les en el desa­rro­llo psi­co­ló­gi­co (Rogoff et al., 2003; Panh­war et al., 2016). Las prác­ti­cas socia­les, median­te las cua­les los miem­bros más expe­ri­men­ta­dos incor­po­ran gra­dual­men­te a los más jóve­nes en el uso de sig­nos, sím­bo­los y herra­mien­tas cul­tu­ra­les, deli­mi­tan las habi­li­da­des y acti­vi­da­des que se espe­ra que los miem­bros de la comu­ni­dad desa­rro­llen (Rogoff, 2003).

Dada la cen­tra­li­dad del len­gua­je y del pro­ce­so de inter­na­li­za­ción, dos con­cep­tos resul­tan fun­da­men­ta­les en el enfo­que his­tó­ri­co-cul­tu­ral: la zona de desa­rro­llo pró­xi­mo y la media­ción. La zona de desa­rro­llo pró­xi­mo refie­re a aque­llo que una per­so­na pue­de hacer con la ayu­da de otro miem­bro de la comu­ni­dad, mien­tras que la media­ción desig­na pre­ci­sa­men­te dicha ayu­da (Rodrí­guez et al., 2008; Gon­zá­lez et al. 2011). El desa­rro­llo psi­co­ló­gi­co se eva­lúa, enton­ces, en fun­ción de los cam­bios entre lo que el indi­vi­duo pue­de hacer por sí mis­mo (zona de desa­rro­llo real) y lo que pue­de hacer con ayu­da (zona de desa­rro­llo pró­xi­mo), sien­do el len­gua­je y los miem­bros de la comu­ni­dad media­do­res indis­pen­sa­bles de la con­duc­ta. Des­de esta pers­pec­ti­va, el cam­bio psi­co­ló­gi­co no es cícli­co ni secuen­cial, sino des­or­de­na­do y depen­dien­te del con­tac­to direc­to con las prác­ti­cas cul­tu­ra­les y con otros miem­bros de la comu­ni­dad (Carre­ra y Maz­za­re­lla, 2001; Rogoff, 2003).

El avan­ce del tiem­po psi­co­ló­gi­co ocu­rre en la medi­da en que el indi­vi­duo se invo­lu­cra en prác­ti­cas socia­les y cul­tu­ra­les, pri­me­ro con ayu­da y pos­te­rior­men­te de mane­ra inde­pen­dien­te. No todo apren­di­za­je impli­ca nece­sa­ria­men­te un cam­bio psi­co­ló­gi­co; éste ocu­rre úni­ca­men­te cuan­do la con­duc­ta está media­da por otros. En con­se­cuen­cia, el tiem­po psi­co­ló­gi­co es inter­de­pen­dien­te tan­to de la con­duc­ta del indi­vi­duo como de la con­duc­ta de quie­nes median dicha con­duc­ta.

En tér­mi­nos gene­ra­les, el tiem­po psi­co­ló­gi­co pue­de enten­der­se como una indi­vi­dua­li­za­ción de lo social. La for­ma en que se apren­de a esti­mar el paso del tiem­po y a hablar de él depen­de de cómo el tiem­po es con­cep­tua­li­za­do y medi­do en una socie­dad par­ti­cu­lar. Así, cuán­to tiem­po ha trans­cu­rri­do depen­de de qué se entien­da por tiem­po en un con­tex­to socio­cul­tu­ral espe­cí­fi­co y del gra­do de invo­lu­cra­mien­to del indi­vi­duo en dicho sis­te­ma social.

El cam­bio en la con­cien­cia se pro­du­ce a par­tir de la actua­li­za­ción de la zona de desa­rro­llo pró­xi­mo y se mide en fun­ción de las habi­li­da­des que el indi­vi­duo adquie­re median­te la media­ción de otros. Aun­que el desa­rro­llo psi­co­ló­gi­co se con­cre­ta en even­tos espe­cí­fi­cos de inter­na­li­za­ción de prác­ti­cas socia­les, cada con­tac­to psi­co­ló­gi­co depen­de de pro­ce­sos que posi­bi­li­tan la con­duc­ta. Lo psi­co­ló­gi­co de cada con­tac­to no radi­ca en lo que el indi­vi­duo hace o en aque­llo a lo que res­pon­de, sino en los pro­ce­sos que hacen posi­ble dicha acción (Gar­cía-Coni y Vivas, 2007; Mora y Mar­tín, 2009).

Vygotsky dis­tin­guió, con fines ana­lí­ti­cos, dos tipos de pro­ce­sos psi­co­ló­gi­cos: infe­rio­res y supe­rio­res. Los pro­ce­sos psi­co­ló­gi­cos infe­rio­res son natu­ra­les y están deter­mi­na­dos prin­ci­pal­men­te por la gené­ti­ca (Vygotsky, 1979; Doria y Simão, 2018). Son comu­nes a los orga­nis­mos capa­ces de con­duc­ta volun­ta­ria e inclu­yen la aten­ción, la per­cep­ción, la memo­ria y la moti­va­ción. Estos pro­ce­sos per­mi­ten al orga­nis­mo selec­cio­nar aspec­tos rele­van­tes del entorno (aten­ción), iden­ti­fi­car­los y dife­ren­ciar­los (per­cep­ción), con­ser­var­los (memo­ria) y orien­tar­se acti­va­men­te en su medio (moti­va­ción).

Los pro­ce­sos psi­co­ló­gi­cos supe­rio­res, por su par­te, emer­gen de la acti­vi­dad huma­na y del apren­di­za­je sim­bó­li­co, posi­bi­li­tan­do la comu­ni­ca­ción social y un desa­rro­llo psi­co­ló­gi­co cua­li­ta­ti­va­men­te dis­tin­to al de los ani­ma­les no huma­nos (Gon­zá­lez-Rey, 2018; Ver­gel, 2014). Estos pro­ce­sos son el pen­sa­mien­to y el len­gua­je, los cua­les per­mi­ten for­mas com­ple­jas de con­duc­ta como razo­nar, ima­gi­nar y pla­ni­fi­car, así como la inter­ac­ción sim­bó­li­ca entre los miem­bros de una comu­ni­dad.

Aun­que esta dis­tin­ción es ana­lí­ti­ca, en la prác­ti­ca los pro­ce­sos psi­co­ló­gi­cos son inse­pa­ra­bles e inter­de­pen­dien­tes. Por esta razón, la teo­ría de Vygotsky es con­si­de­ra­da dia­léc­ti­ca (Cas­to­ri­na, 2010), ya que los pro­ce­sos siem­pre ocu­rren en rela­ción unos con otros. Son, ade­más, epi­só­di­cos y simul­tá­neos (Mel­chor y Ren­dón, 2001), pues se pre­sen­tan con­jun­ta­men­te duran­te todo el epi­so­dio psi­co­ló­gi­co. El tiem­po psi­co­ló­gi­co en el que ocu­rren estos pro­ce­sos es dis­cre­to, con un ini­cio y un final defi­ni­dos, y epi­só­di­co, en tan­to se da de mane­ra simul­tá­nea a lo lar­go del epi­so­dio deli­mi­ta­do por el obser­va­dor.

En con­se­cuen­cia, el tiem­po en cada con­tac­to psi­co­ló­gi­co no posee una tem­po­ra­li­dad pro­pia inde­pen­dien­te, ya que el com­por­ta­mien­to psi­co­ló­gi­co es con­ti­nuo y todo con­tac­to impli­ca la con­cu­rren­cia simul­tá­nea de todos los pro­ce­sos psi­co­ló­gi­cos. Así, la tem­po­ra­li­dad de lo psi­co­ló­gi­co se esta­ble­ce en corres­pon­den­cia con la dura­ción cro­no­ló­gi­ca del epi­so­dio ana­li­za­do, gene­ran­do un para­le­lis­mo entre el tiem­po psi­co­ló­gi­co y el tiem­po físi­co, sin que sea posi­ble iden­ti­fi­car un antes o un des­pués entre los pro­ce­sos psi­co­ló­gi­cos invo­lu­cra­dos.

El tiempo en el conductismo radical

Skin­ner (1938) toma como obje­to de estu­dio la con­duc­ta, enten­di­da como la acción del orga­nis­mo en rela­ción con su medio. Esto plan­tea un aspec­to impor­tan­te a des­ta­car, que es el carác­ter fun­cio­nal de la con­duc­ta: no es mera­men­te lo que hace un orga­nis­mo, sino la rela­ción que se esta­ble­ce entre lo que hace, y res­pec­to qué lo hace.

Skin­ner men­cio­na dos pro­ce­sos con­duc­tua­les dis­tin­tos entre sí: el con­di­cio­na­mien­to res­pon­dien­te o tipo S, y el con­di­cio­na­mien­to ope­ran­te o tipo R. En el pri­me­ro, se aso­cian dos estí­mu­los entre sí, uno de los cua­les ya pro­du­cía una res­pues­ta par­ti­cu­lar antes de la aso­cia­ción, de tal for­ma que el segun­do estí­mu­lo ter­mi­na pro­du­cien­do una res­pues­ta muy simi­lar a la que el pri­mer estí­mu­lo pro­du­ce. En el caso del con­di­cio­na­mien­to ope­ran­te o tipo R, se aso­cia una res­pues­ta y un estí­mu­lo entre sí, lo cual incrementa/decrementa la pro­ba­bi­li­dad de que la res­pues­ta se repi­ta.

El con­di­cio­na­mien­to ope­ran­te y el res­pon­dien­te, son dos dis­tin­tos pro­ce­sos que no difie­ren en com­ple­ji­dad entre sí, y cuyos cam­bios son medi­dos como incre­men­tos o decre­men­tos en la fre­cuen­cia de las res­pues­tas por uni­dad de tiem­po, y en la can­ti­dad de res­pues­tas posi­bles por par­te de un orga­nis­mo (Ribes y López, 1985; Ribes, 2015). La per­ma­nen­cia o cam­bio de lo psi­co­ló­gi­co está dada, enton­ces, por aspec­tos cuan­ti­ta­ti­vos de las res­pues­tas, y por aspec­tos cuan­ti­ta­ti­vos de la can­ti­dad de ope­ran­tes y res­pon­dien­tes que con­for­man el reper­to­rio con­duc­tual de los orga­nis­mos. El cam­bio en lo psi­co­ló­gi­co es medi­do, enton­ces, como el cam­bio en la tasa de res­pues­ta, o el incre­men­to en la can­ti­dad de res­pues­tas posi­bles por par­te de un orga­nis­mo.

Una ope­ran­te pue­de no ocu­rrir de mane­ra gene­ra­li­za­da en cual­quier momen­to o situa­ción (ope­ran­te libre), sino que pue­de pre­sen­tar­se úni­ca­men­te cuan­do se encuen­tre pre­sen­te en la situa­ción un estí­mu­lo par­ti­cu­lar (dis­cri­mi­na­ción sim­ple), un con­tex­to espe­cí­fi­co (con­trol con­tex­tual), o ante la pre­sen­cia de dos o más estí­mu­los rela­cio­na­dos entre sí (dis­cri­mi­na­ción con­di­cio­nal). En los casos ante­rio­res se habla de con­trol de estí­mu­lo (Cata­nia, 1976; Ribes, 2011), pues la res­pues­ta es con­tro­la­da por la pre­sen­cia o ausen­cia de algún aspec­to o aspec­tos del medio en que se com­por­ta. En este caso, el res­pon­der no pue­de ser medi­do como mero incre­men­to de las res­pues­tas por uni­dad de tiem­po, pues para que la res­pues­ta sea efec­ti­va en situa­cio­nes de con­trol de estí­mu­lo, ésta debe pre­sen­tar­se úni­ca­men­te ante el estí­mu­lo per­ti­nen­te. En este caso, se eva­lúa el cam­bio en lo psi­co­ló­gi­co como incre­men­to de res­pues­tas per­ti­nen­tes, las cua­les pue­den ser medi­das como núme­ro de res­pues­tas correc­tas, por­cen­ta­je de res­pues­tas correc­tas, índi­ce de pre­ci­sión, índi­ce de dis­cri­mi­na­ción, o en el res­pon­der dado a dis­tin­tos valo­res de un mis­mo estí­mu­lo que sue­le ser lla­ma­do gra­dien­te de gene­ra­li­za­ción, pues indi­ca qué tan­to la res­pues­ta es con­tro­la­da por un estí­mu­lo espe­cí­fi­co. El cam­bio de lo psi­co­ló­gi­co tam­bién es mera­men­te cuan­ti­ta­ti­vo en estos casos, pues se da como incre­men­to en la can­ti­dad de res­pues­tas dadas ante un estí­mu­lo o estí­mu­los espe­cí­fi­cos, y no ante otros.

El tiem­po en la lógi­ca de Skin­ner, ade­más de como incre­men­to cuan­ti­ta­ti­vo del res­pon­der (ya sea dis­cri­mi­na­do o no), tam­bién pue­de ser ana­li­za­do en cada con­tac­to espe­cí­fi­co, es decir, al inte­rior de cada res­pues­ta. De este modo, el tiem­po físi­co fue uti­li­za­do como medi­da de cuán­to se pre­sen­ta o se ausen­ta un estí­mu­lo, y como for­ma de eva­luar el incre­men­to o man­te­ni­mien­to del núme­ro de res­pues­tas por uni­dad de tiem­po, cono­ci­do como tasa de res­pues­ta. En con­se­cuen­cia, el tiem­po psi­co­ló­gi­co se dis­cre­ti­zó, sien­do tra­ta­do como momen­tos espe­cí­fi­cos de con­tac­to, medi­dos en fun­ción de un con­ti­nuo tem­po­ral (tiem­po físi­co). En cada con­tac­to psi­co­ló­gi­co, enton­ces, la tem­po­ra­li­dad era medi­da como pun­tos en un plano tem­po­ral espe­cí­fi­co, don­de, a mayor (o menor) can­ti­dad de pun­tos de con­tac­to, mayor cam­bio en lo psi­co­ló­gi­co había (Ribes, 1992; Lejeu­ne et al., 2006).

Cuan­do la tasa de res­pues­ta incre­men­ta, se dice que es debi­do a que el estí­mu­lo que sigue a la emi­sión de la res­pues­ta es refor­zan­te (incre­men­ta la pro­ba­bi­li­dad de ocu­rren­cia de la res­pues­ta), y cuan­do la tasa de res­pues­ta decre­men­ta, se dice que es debi­do a que el estí­mu­lo que sigue a la emi­sión de la res­pues­ta es cas­ti­gan­te (decre­men­ta la pro­ba­bi­li­dad de ocu­rren­cia de la res­pues­ta). Un pro­ce­so cuyo efec­to tam­bién es que la pro­ba­bi­li­dad de emi­sión de la res­pues­ta decre­men­te ocu­rre cuan­do se deja de pre­sen­tar el estí­mu­lo refor­za­dor de mane­ra con­tin­gen­te a una res­pues­ta. A este pro­ce­so, lla­ma­do extin­ción, le sigue un pico de res­pues­tas (cono­ci­do como pico de extin­ción) y pos­te­rior­men­te un decre­men­to en la tasa de res­pues­ta has­ta que prác­ti­ca­men­te se deja de emi­tir (Katz y Lat­tal, 2020).

Los aspec­tos tem­po­ra­les de la situa­ción se vuel­ven muy rele­van­tes, pues gene­ran con­trol sobre la con­duc­ta (Cata­nia, 1976; Gallis­tel y Gib­bon, 2000), y depen­dien­do del valor que adquie­ran, cam­bia la dis­tri­bu­ción tem­po­ral de la res­pues­ta. Esto quie­re decir que depen­dien­do de los valo­res que adquie­ran los ele­men­tos de la situa­ción, cam­bia el momen­to o momen­tos en que ocu­rre lo psi­co­ló­gi­co. La tem­po­ra­li­dad de lo psi­co­ló­gi­co depen­de en gran medi­da de la tem­po­ra­li­dad físi­ca de la situa­ción: la pri­me­ra, medi­da en tér­mi­nos dis­cre­tos como momen­tos de con­tac­to, y la segun­da, medi­da como inter­va­los de tiem­po físi­co de la pre­sen­cia o ausen­cia de even­tos espe­cí­fi­cos. En ambos casos, el tiem­po es medi­do res­pec­to de un con­ti­nuo dado por segun­dos o minu­tos, es decir: por el tiem­po cro­no­ló­gi­co.

El tiempo en el interconductismo

Kan­tor (1980) pro­po­ne como obje­to de estu­dio de la psi­co­lo­gía la inter­con­duc­ta, defi­ni­da como la inter­ac­ción de un orga­nis­mo com­ple­to con su medio ambien­te. Lo psi­co­ló­gi­co es vis­to como un cam­po de inter­ac­ción en el que todos los ele­men­tos que lo com­po­nen inter­ac­túan simul­tá­nea­men­te entre sí, deter­mi­nan­do la con­duc­ta en fun­ción de aspec­tos orga­nís­mi­cos, his­tó­ri­cos y situa­cio­na­les.

Kan­tor (1978) esta­ble­ció los cri­te­rios que una teo­ría psi­co­ló­gi­ca debe­ría de cum­plir para ser con­si­de­ra­da una teo­ría cien­tí­fi­ca. Basa­dos en ésta, Ribes y López (1985) pos­te­rior­men­te desa­rro­lla­ron pro­pia­men­te una teo­ría psi­co­ló­gi­ca basa­da en dichos cri­te­rios, man­te­nien­do como obje­to de estu­dio la inter­con­duc­ta, pero amplian­do su defi­ni­ción a «inter­ac­ción del orga­nis­mo total con su medio ambien­te, físi­co, bio­ló­gi­co y/o social» (p. 81). Defi­nen a la inter­con­duc­ta como un cam­po de con­tin­gen­cias, don­de los ele­men­tos se rela­cio­nan entre sí fun­cio­nal­men­te. Estas fun­cio­nes pue­den con­fi­gu­rar­se en 5 dis­tin­tos nive­les, los cua­les son lla­ma­dos nive­les de apti­tud fun­cio­nal: fun­ción con­tex­tual, fun­ción suple­men­ta­ria, fun­ción selec­to­ra, fun­ción sus­ti­tu­ti­vo refe­ren­cial y fun­ción sus­ti­tu­ti­vo no refe­ren­cial.

Los 5 nive­les de apti­tud fun­cio­nal difie­ren entre sí en cuan­to a su com­ple­ji­dad de acuer­do con dos cri­te­rios: nivel de media­ción y gra­do de des­li­ga­mien­to fun­cio­nal. El nivel de media­ción es dado por el medio de con­tac­to emplea­do en cada caso, que pue­de ser fisi­co­quí­mi­co, eco­ló­gi­co o con­ven­cio­nal; mien­tras que el gra­do de des­li­ga­mien­to nos dice qué tan­to la inter­ac­ción psi­co­ló­gi­ca se des­li­ga de la situa­ción espe­cí­fi­ca en que tie­ne con­tac­to. A mayor com­ple­ji­dad de la inter­ac­ción psi­co­ló­gi­ca, mayor gra­do de des­li­ga­mien­to fun­cio­nal. Agre­gan­do que son inclu­si­vas, es decir, las más com­ple­jas inclu­yen a las menos com­ple­jas.

La fun­ción con­tex­tual es aque­lla en la que el res­pon­der del orga­nis­mo se ajus­ta a las regu­la­ri­da­des tem­po­ra­les y espa­cia­les de los even­tos de su entorno, pero dicha res­pues­ta no alte­ra ni modi­fi­ca, ni los even­tos ni la rela­ción que se esta­ble­ce entre estos.

La fun­ción suple­men­ta­ria es en la que el res­pon­der del orga­nis­mo no sólo se ajus­ta a las regu­la­ri­da­des tem­po­ra­les y espa­cia­les de los even­tos de su entorno, sino que, ade­más, esta res­pues­ta modi­fi­ca la regu­la­ri­dad tem­po­ral de uno o más even­tos y la rela­ción que se esta­ble­ce entre estos.

En la fun­ción selec­to­ra, la efec­ti­vi­dad del res­pon­der del orga­nis­mo está dada por las regu­la­ri­da­des tem­po­ra­les y espa­cia­les de los even­tos de su entorno y su rela­ción con otros even­tos con­cu­rren­tes, los cua­les cam­bian momen­to a momen­to.

El nivel sus­ti­tu­ti­vo refe­ren­cial es defi­ni­do por el res­pon­der con­ven­cio­nal del indi­vi­duo, en el que se des­li­ga de las pro­pie­da­des fisi­co­quí­mi­cas de la situa­ción pre­sen­te, inter­ac­tuan­do con con­tin­gen­cias de obje­tos, even­tos o pro­pie­da­des no pre­sen­tes, media­do por la con­duc­ta con­ven­cio­nal de otro o del mis­mo indi­vi­duo, adop­tan­do un carác­ter extra­si­tua­cio­nal.

Final­men­te, en el nivel sus­ti­tu­ti­vo no refe­ren­cial, el res­pon­der con­ven­cio­nal de un indi­vi­duo se des­li­ga de las pro­pie­da­des fisi­co­quí­mi­cas de la situa­ción pre­sen­te, inter­ac­tuan­do con con­tin­gen­cias lin­güís­ti­cas que sólo tie­nen sen­ti­do res­pec­to de otras con­tin­gen­cias lin­güís­ti­cas, adop­tan­do un carác­ter transitua­cio­nal.

La cate­go­ri­za­ción ante­rior per­mi­te com­pren­der los dife­ren­tes pro­ce­sos psi­co­ló­gi­cos (en este caso, los cin­co nive­les de apti­tud fun­cio­nal), así como el trán­si­to fun­cio­nal entre ellos. Esto nos per­mi­te enten­der, en un momen­to dado, cómo está estruc­tu­ra­do el cam­po de con­tin­gen­cias y el papel que desem­pe­ña cada uno de los ele­men­tos que la inte­gran.

Dado que la con­duc­ta es un ajus­te que se da entre el orga­nis­mo y el medio ambien­te, es impor­tan­te men­cio­nar que dicho ajus­te no se da res­pec­to de pro­pie­da­des mor­fo­ló­gi­cas, sino res­pec­to del cri­te­rio de ajus­te que la situa­ción impo­ne (Car­pio, 1994), defi­ni­do como la “deman­da con­duc­tual que el orga­nis­mo debe satis­fa­cer en cada inter­ac­ción” (Car­pio, 2005, p. 62). Exis­ten cin­co dis­tin­tos cri­te­rios de ajus­te posi­bles, en corres­pon­den­cia con cada uno de los nive­les de apti­tud fun­cio­nal: ajus­ti­vi­dad (con­tex­tual), efec­ti­vi­dad (suple­men­ta­rio), per­ti­nen­cia (selec­tor), con­gruen­cia (sus­ti­tu­ti­vo refe­ren­cial) y cohe­ren­cia (sus­ti­tu­ti­vo no refe­ren­cial). Esto mar­ca pau­tas espe­cí­fi­cas que per­mi­ten ana­li­zar el desa­rro­llo de habi­li­da­des en entor­nos espe­cí­fi­cos, deno­mi­na­dos ámbi­tos. Una habi­li­dad es la corres­pon­den­cia fun­cio­nal que se esta­ble­ce entre el orga­nis­mo y los even­tos del medio ambien­te que per­mi­ten el ajus­te a un cri­te­rio par­ti­cu­lar (Ribes, 1990). Esto impli­ca que su desa­rro­llo se da bajo situa­cio­nes espe­cí­fi­cas con cri­te­rios defi­ni­dos.

Cuan­do se plan­tea la ade­cua­ción de una habi­li­dad a situa­cio­nes nove­do­sas o a cri­te­rios de ajus­te dis­tin­tos a aque­llos en los que se desa­rro­lló, ya no reque­ri­mos una corres­pon­den­cia fun­cio­nal a cri­te­rios defi­ni­dos (habi­li­dad), sino corres­pon­den­cia fun­cio­nal a cri­te­rios cam­bian­tes mor­fo­ló­gi­ca o fun­cio­nal­men­te, mis­mos que se con­cep­tua­li­zan como com­pe­ten­cias. Éstas enten­di­das como la dis­po­si­ción al desem­pe­ño efec­ti­vo en situa­cio­nes nove­do­sas (Car­pio et al., 2007).

El caso del desa­rro­llo de habi­li­da­des o la pro­mo­ción de com­pe­ten­cias tie­nen implí­ci­to un ele­men­to cen­tral: se requie­re de un cri­te­rio de ajus­te defi­ni­do para que ten­gan lugar; sin embar­go, exis­ten situa­cio­nes en las que el cri­te­rio de ajus­te no está cla­ra­men­te defi­ni­do. En estas situa­cio­nes, es posi­ble que el orga­nis­mo se com­por­te, no res­pec­to de algu­na habi­li­dad o com­pe­ten­cia, sino crean­do un nue­vo cri­te­rio al cual pue­den ajus­tar­se otros, o él mis­mo en un momen­to pos­te­rior. A este tipo de com­por­ta­mien­to, se le ha deno­mi­na­do: com­por­ta­mien­to crea­ti­vo (Car­pio, 2005; Car­pio et al., 2007).

Se pue­den notar, enton­ces, dos tipos de teo­rías den­tro de la psi­co­lo­gía inter­con­duc­tual: la teo­ría de pro­ce­so, que se encar­ga de encon­trar cuá­les son los tipos de inter­ac­cio­nes que se pue­den estruc­tu­rar y el trán­si­to fun­cio­nal entre ellos; y la teo­ría de desa­rro­llo, que se encar­ga del estu­dio del trán­si­to fun­cio­nal entre nive­les de com­ple­ji­dad de las habi­li­da­des y com­pe­ten­cias, dados ámbi­tos de desem­pe­ño espe­cí­fi­cos (Ribes, 1998).

En el caso de la teo­ría de pro­ce­so, el tiem­po psi­co­ló­gi­co depen­de del nivel fun­cio­nal en que ocu­rra la inter­ac­ción (para más deta­lle ver Ribes, 1992). En este caso, ten­dría­mos que espe­ci­fi­car que el tiem­po es dado por la pre­sen­cia o ausen­cia de los obje­tos del medio, es decir, la dimen­sión tem­po­ral de la con­duc­ta está dada por la per­ma­nen­cia o cam­bio de los aspec­tos del medio ambien­te (Ribes y Car­pio, 1991).

En la fun­ción con­tex­tual, el tiem­po psi­co­ló­gi­co corres­pon­de al tiem­po físi­co, ya que la ade­cua­ción fun­cio­nal depen­de de las regu­la­ri­da­des tem­po­ra­les del entorno. En la fun­ción suple­men­ta­ria, el res­pon­der del orga­nis­mo modi­fi­ca la pre­sen­cia o ausen­cia de aspec­tos del medio, subor­di­nan­do el tiem­po a la acción del orga­nis­mo. En la fun­ción selec­to­ra exis­te una doble inter­de­pen­den­cia tem­po­ral, ya que el res­pon­der del orga­nis­mo se ade­cúa a cam­bios en el entorno, y a su vez, el res­pon­der del orga­nis­mo pro­du­ce cam­bios en el mis­mo.

En la fun­ción sus­ti­tu­ti­va refe­ren­cial, la tem­po­ra­li­dad no depen­de del entorno pre­sen­te, sino del entorno con el que se inter­ac­túa lin­güís­ti­ca­men­te, sus­ti­tu­yen­do la tem­po­ra­li­dad de la situa­ción actual por la de la situa­ción refe­ri­da. En la fun­ción sus­ti­tu­ti­va no refe­ren­cial, al no exis­tir corres­pon­den­cia con aspec­tos situa­cio­na­les, la tem­po­ra­li­dad está dada exclu­si­va­men­te por la inter­ac­ción lin­güís­ti­ca.

Como se pue­de obser­var, el tiem­po psi­co­ló­gi­co en la teo­ría de pro­ce­so depen­de de la iden­ti­fi­ca­ción del nivel fun­cio­nal de la con­duc­ta para deter­mi­nar la tem­po­ra­li­dad de una inter­ac­ción. En el caso de la teo­ría de desa­rro­llo, la tem­po­ra­li­dad no depen­de en sí mis­ma del nivel de apti­tud fun­cio­nal, sino del trán­si­to fun­cio­nal de una habi­li­dad a com­pe­ten­cia o com­por­ta­mien­to crea­ti­vo. En este caso, la per­ma­nen­cia o cam­bio de lo psi­co­ló­gi­co se da en tan­to se modi­fi­que una habi­li­dad o com­pe­ten­cia fun­cio­nal­men­te para el ajus­te a situa­cio­nes nove­do­sas, o para la crea­ción de nue­vos cri­te­rios. Es nece­sa­rio men­cio­nar que este cam­bio no es lineal ni secuen­cial, por lo que pue­de ser que se tran­si­te direc­ta­men­te de habi­li­dad a com­por­ta­mien­to crea­ti­vo, de com­pe­ten­cia a com­por­ta­mien­to crea­ti­vo, o nun­ca lle­gar a com­pe­ten­cia o a com­por­ta­mien­to crea­ti­vo.

Comentarios finales

El pre­sen­te tra­ba­jo tuvo como obje­ti­vo deli­mi­tar el uso del con­cep­to de tiem­po en dife­ren­tes mar­cos teó­ri­cos de la psi­co­lo­gía. Para ello se emplea­ron las herra­mien­tas pro­por­cio­na­das por Witt­gens­tein (2017), ana­li­zan­do por ello el con­cep­to de tiem­po en su uso con el fin de deter­mi­nar las reglas que enmar­can la per­ti­nen­cia de su uti­li­za­ción. Esto quie­re decir que, aun cuan­do exis­ten dife­ren­cias entre el uso del con­cep­to de tiem­po deri­va­do del obje­to de estu­dio de cada mar­co teó­ri­co, pode­mos abs­traer usos gene­ra­les del con­cep­to de estu­dio. En este sen­ti­do, pode­mos men­cio­nar que, de for­ma gene­ral, siem­pre que se habla de tiem­po psi­co­ló­gi­co se da en dos for­mas: a) como eva­lua­ción de la per­ma­nen­cia o cam­bio de lo psi­co­ló­gi­co (ter­ce­ra per­so­na); o b) como eva­lua­ción de un orga­nis­mo de la per­ma­nen­cia o cam­bio de su pro­pio hacer o de su entorno (pri­me­ra per­so­na).

Res­pec­to de su uso en ter­ce­ra per­so­na, pode­mos decir que es depen­dien­te de cuál sea el obje­to de estu­dio que se defi­na, así como del arma­do teó­ri­co gene­ral. En este sen­ti­do, hablar de que lo psi­co­ló­gi­co cam­bia o no, impli­ca defi­nir qué es eso a lo que se va a lla­mar psi­co­ló­gi­co, qué tipos de cam­bios pue­de tener, y cuál será el mar­co de refe­ren­cia res­pec­to del cual se juz­ga­rá el antes y el des­pués, es decir, los cri­te­rios bajo los cua­les se defi­ni­rá si cam­bia o no.

Dado que, depen­dien­do del arma­do teó­ri­co, exis­ten refe­ren­tes empí­ri­cos dis­tin­tos que per­mi­tan eva­luar la per­ma­nen­cia o cam­bio del tiem­po psi­co­ló­gi­co, de igual for­ma es nece­sa­rio esta­ble­cer méto­dos de obser­va­ción con­gruen­tes con dicha con­cep­tua­li­za­ción. Esto impli­ca la crea­ción de meto­do­lo­gías espe­cí­fi­cas que per­mi­tan saber cuán­to tiem­po psi­co­ló­gi­co ha pasa­do.

Res­pec­to del uso en pri­me­ra per­so­na: en todos los casos hace refe­ren­cia a un hacer del orga­nis­mo (si dicho hacer ocu­rre en la men­te, en la con­cien­cia o es una rela­ción o inter­ac­ción, es moti­vo de otra dis­cu­sión) de acuer­do con su his­to­ria, la situa­ción y/o su entorno cul­tu­ral. En algu­nos casos hace refe­ren­cia a cómo apren­de­mos a ajus­tar­nos al tiem­po físi­co, en otros casos a cómo apren­de­mos a ajus­tar­nos al tiem­po social, o a cómo apren­de­mos a ajus­tar­nos a ambos. Pode­mos decir que el tiem­po psi­co­ló­gi­co no es equi­va­len­te al tiem­po social o al tiem­po físi­co, sino siem­pre una indi­vi­dua­li­za­ción de alguno de estos o de ambos.

Tiem­po enton­ces, es un con­cep­to cuyo uso depen­de de la teo­ría res­pec­to de la que se emplee, lo cual con­cuer­da con la noción que plan­tean algu­nos filó­so­fos de que El Tiem­po (con mayús­cu­las) no exis­te como una enti­dad homo­gé­nea, sino que es más bien un con­cep­to cuya per­ti­nen­cia y obser­va­ción es lin­güís­ti­ca, es decir: es un con­cep­to cuyo refe­ren­te cam­bia en fun­ción de cómo y des­de dón­de se defi­na (Elias, 2010; Sinha et al., 2014).

Ana­li­zar las pala­bras en su defi­ni­ción y sobre todo en su uso, nos pue­de dar pis­tas acer­ca de las reglas que ope­ran en el mis­mo, y bajo qué cir­cuns­tan­cias son per­ti­nen­tes. Es por ello que tra­ba­jos en don­de se ana­li­ce el uso de con­cep­tos com­par­ti­dos por dis­tin­tas teo­rías y aso­cia­dos a más de un uso o defi­ni­ción se vuel­ven rele­van­tes para enten­der cómo se emplea dicho con­cep­to, y poder enten­der no sólo su uso, sino su desa­rro­llo, con­gruen­cia y per­ti­nen­cia res­pec­to de un arma­do teó­ri­co.

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Notas

  1. Carre­ra de Psi­co­lo­gía, Facul­tad de Estu­dios Supe­rio­res Izta­ca­la, Uni­ver­si­dad Nacio­nal Autó­no­ma de Méxi­co. Correo: renerincon4@gmail.com
  2. Carre­ra de Psi­co­lo­gía, Facul­tad de Estu­dios Supe­rio­res Izta­ca­la, Uni­ver­si­dad Nacio­nal Autó­no­ma de Méxi­co. Correo: yosadesalia@gmail.com
  3. Carre­ra de Psi­co­lo­gía, Facul­tad de Estu­dios Supe­rio­res Izta­ca­la, Uni­ver­si­dad Nacio­nal Autó­no­ma de Méxi­co. Correo: vpacheco@iztacala.unam.mx