The Concept of Time: a Review of its Use in Different Theories of Psychology
René Rincón-Reyes[1], Yoselyn Servín García[2] y Virginia Pacheco Chávez[3]
Facultad de Estudios Superiores Iztacala, UNAM
Resumen
El tiempo ha sido definido como una dimensión respecto de la cual podemos evaluar los cambios y su orden en un evento particular. Sin embargo, dado que los conceptos no son independientes del marco teórico desde el cual se definen, se sigue que, en el caso de la psicología, dependiendo del marco teórico, cambiará la definición del concepto de tiempo. El objetivo del presente estudio fue delimitar el uso del concepto de tiempo en diferentes marcos teóricos de la psicología. Para ello se analizó el uso del concepto de tiempo en 4 teorías: la epistemología genética, la psicología histórico-cultural, el conductismo radical, y el interconductismo. Se concluye que el concepto de tiempo tiene dos usos generales: como dimensión respecto de la cual se evalúa la permanencia o cambio de los eventos psicológicos; y como evaluación de un organismo de los cambios de su propia conducta o de su entorno.
Palabras clave: Tiempo, Concepto, Teorías de la psicología, Análisis Conceptual.
Abstract
Time has been defined as a dimension with respect to which changes and their order within a particular event can be evaluated. However, because concepts are not independent of the theoretical frameworks within which they are defined, it follows that in psychology the definition of time varies according to the theoretical perspective adopted. The aim of the present study was to delimit the use of the concept of time across different theoretical frameworks in psychology. To this end, the use of the concept of time was analyzed in four theories: genetic epistemology, historical-cultural psychology, radical behaviorism, and interbehaviorism. The analysis leads to the conclusion that the concept of time has two general uses: first, as a dimension with respect to which the stability or change of psychological events is evaluated; and second, as an organism’s evaluation of changes in its own behavior or in its environment.
Keywords: Time, Concept, Psychological Theories, Conceptual Analysis.
Se suele afirmar que todo evento ocurre siempre en un lugar y en un momento particulares. El lugar refiere al espacio físico en el que acontece el evento, mientras que el momento refiere al tiempo físico respecto del cual puede evaluarse su permanencia o cambio. La física fue la primera disciplina científica en categorizar y estudiar el tiempo, conceptualizándolo como una dimensión de los hechos, eventos o fenómenos naturales. A partir de este tratamiento (en particular, desde la física newtoniana) disciplinas como la química, la biología y la psicología adoptaron inicialmente el concepto sin mayores modificaciones, entendiéndolo como una dimensión continua respecto de la cual se mide la permanencia o el cambio de los eventos (Ribes, 1992).
Aunque existe una concepción general del tiempo (la concepción física o cronométrica), es necesario señalar que el tiempo, como concepto, no es independiente del aparato teórico desde el cual se analizan y explican los eventos (Blanck-Cereijido y Cereijido, 1988). Por ejemplo, en química el tiempo suele conceptualizarse de manera similar a la física newtoniana; sin embargo, también se ha propuesto un tiempo químico definido en términos del nivel de entropía de los eventos. Dado que la entropía tiende siempre a incrementarse, es posible determinar que el tiempo químico ha transcurrido y en qué medida, comparando los niveles de entropía entre eventos: aquel con menor entropía se considera anterior y aquel con mayor entropía, posterior. En este sentido, el tiempo se conceptualiza como el cambio positivo de la entropía (Sacher, 1976).
En biología, el concepto de tiempo también ha sido abordado de diversas formas. En algunos casos se ha retomado directamente la concepción newtoniana, entendiéndolo como la dimensión en la que transcurren los eventos (Kirkwood, 2000). En otros, se ha conceptualizado en términos de ritmos biológicos, en la medida en que ciertos procesos ocurren de manera periódica y con patrones relativamente estables (Koukkari y Sothern, 2006). Finalmente, también se ha entendido como una sucesión de cambios biológicos derivados de procesos cíclicos, medibles en función de la edad biológica, la cual no necesariamente coincide con la edad cronométrica (Vargas y Espinoza, 2013).
Estos ejemplos permiten observar, por un lado, que la conceptualización del tiempo depende del objeto de estudio de cada disciplina y, por otro, que dicha conceptualización determina la forma en que el tiempo es medido. En este sentido, resulta coherente que la física adopte una concepción cronométrica del tiempo (Einstein e Infeld, 1984), dado que su objeto inicial fue el estudio objetivo de los cambios de la materia. En cambio, disciplinas como la química y la biología han debido modificar tanto el concepto como su medición para analizar adecuadamente los cambios propios de su objeto de estudio.
Dado que el concepto de tiempo varía en función del objeto de estudio, se sigue que, en el caso de la psicología (o psicologías), su conceptualización dependerá del marco teórico desde el cual se aborde. Puesto que una tarea central de la ciencia es explicar el cambio, todo marco teórico psicológico requiere un concepto y una medida de tiempo que permitan evaluar la permanencia o transformación de los eventos psicológicos. En este contexto, las herramientas propuestas por Wittgenstein (2017) permiten analizar los conceptos no sólo a partir de sus definiciones, sino también desde su uso. Esto posibilita abstraer definiciones generales y delimitar las reglas que rigen el empleo de un concepto dentro de un contexto específico.
Con base en lo anterior, el propósito del presente trabajo es delimitar el uso del concepto de tiempo en distintos marcos teóricos de la psicología. Estas teorías se seleccionan con un fin ilustrativo: mostrar cómo el uso del concepto de tiempo varía en función de aquello que se define como objeto de estudio, así como ejemplificar cómo las herramientas conceptuales señaladas pueden aplicarse al análisis de este concepto en otros marcos teóricos. En particular, se analizará el concepto de tiempo en tres teorías psicológicas seleccionadas a partir de un criterio de variabilidad epistemológica (que no compartan el mismo objeto de estudio): la psicología histórico-cultural, el conductismo radical y el interconductismo.
El tiempo en la psicología histórico-cultural
El eje central del trabajo de Vygotsky (1995) estuvo orientado al estudio de la conciencia, definida como la interacción social con uno mismo (Mora y Martín, 2009), entendida como la internalización de los componentes sociales y su uso en la relación del individuo consigo mismo (Wertsch y Tulviste, 1992; Cole y Packer, 2016).
Desde esta perspectiva, resulta imposible hablar de desarrollo psicológico sin lenguaje (Vygotsky, 1995; Mahn, 1999; Alderson-Day y Fernyhough, 2015). El lenguaje es concebido como una herramienta mediante la cual los niños describen el contexto en el que actúan, solicitan ayuda a los adultos para realizar actividades complejas y planifican su conducta a partir de lo aprendido. En el desarrollo psicológico pueden distinguirse dos grandes momentos: una etapa preverbal y una etapa verbal. Durante la etapa preverbal, el aprendizaje no se distingue del de otros animales no humanos; sin embargo, una vez adquirido el lenguaje, el desarrollo psicológico cambia cualitativamente, ya que éste posibilita no sólo la referencia al entorno, sino también la comunicación social.
Para Vygotsky, el aprendizaje transcurre de lo social a lo individual, por lo que el lenguaje y la comunidad de práctica a la que pertenece el individuo son fundamentales en el desarrollo psicológico (Rogoff et al., 2003; Panhwar et al., 2016). Las prácticas sociales, mediante las cuales los miembros más experimentados incorporan gradualmente a los más jóvenes en el uso de signos, símbolos y herramientas culturales, delimitan las habilidades y actividades que se espera que los miembros de la comunidad desarrollen (Rogoff, 2003).
Dada la centralidad del lenguaje y del proceso de internalización, dos conceptos resultan fundamentales en el enfoque histórico-cultural: la zona de desarrollo próximo y la mediación. La zona de desarrollo próximo refiere a aquello que una persona puede hacer con la ayuda de otro miembro de la comunidad, mientras que la mediación designa precisamente dicha ayuda (Rodríguez et al., 2008; González et al. 2011). El desarrollo psicológico se evalúa, entonces, en función de los cambios entre lo que el individuo puede hacer por sí mismo (zona de desarrollo real) y lo que puede hacer con ayuda (zona de desarrollo próximo), siendo el lenguaje y los miembros de la comunidad mediadores indispensables de la conducta. Desde esta perspectiva, el cambio psicológico no es cíclico ni secuencial, sino desordenado y dependiente del contacto directo con las prácticas culturales y con otros miembros de la comunidad (Carrera y Mazzarella, 2001; Rogoff, 2003).
El avance del tiempo psicológico ocurre en la medida en que el individuo se involucra en prácticas sociales y culturales, primero con ayuda y posteriormente de manera independiente. No todo aprendizaje implica necesariamente un cambio psicológico; éste ocurre únicamente cuando la conducta está mediada por otros. En consecuencia, el tiempo psicológico es interdependiente tanto de la conducta del individuo como de la conducta de quienes median dicha conducta.
En términos generales, el tiempo psicológico puede entenderse como una individualización de lo social. La forma en que se aprende a estimar el paso del tiempo y a hablar de él depende de cómo el tiempo es conceptualizado y medido en una sociedad particular. Así, cuánto tiempo ha transcurrido depende de qué se entienda por tiempo en un contexto sociocultural específico y del grado de involucramiento del individuo en dicho sistema social.
El cambio en la conciencia se produce a partir de la actualización de la zona de desarrollo próximo y se mide en función de las habilidades que el individuo adquiere mediante la mediación de otros. Aunque el desarrollo psicológico se concreta en eventos específicos de internalización de prácticas sociales, cada contacto psicológico depende de procesos que posibilitan la conducta. Lo psicológico de cada contacto no radica en lo que el individuo hace o en aquello a lo que responde, sino en los procesos que hacen posible dicha acción (García-Coni y Vivas, 2007; Mora y Martín, 2009).
Vygotsky distinguió, con fines analíticos, dos tipos de procesos psicológicos: inferiores y superiores. Los procesos psicológicos inferiores son naturales y están determinados principalmente por la genética (Vygotsky, 1979; Doria y Simão, 2018). Son comunes a los organismos capaces de conducta voluntaria e incluyen la atención, la percepción, la memoria y la motivación. Estos procesos permiten al organismo seleccionar aspectos relevantes del entorno (atención), identificarlos y diferenciarlos (percepción), conservarlos (memoria) y orientarse activamente en su medio (motivación).
Los procesos psicológicos superiores, por su parte, emergen de la actividad humana y del aprendizaje simbólico, posibilitando la comunicación social y un desarrollo psicológico cualitativamente distinto al de los animales no humanos (González-Rey, 2018; Vergel, 2014). Estos procesos son el pensamiento y el lenguaje, los cuales permiten formas complejas de conducta como razonar, imaginar y planificar, así como la interacción simbólica entre los miembros de una comunidad.
Aunque esta distinción es analítica, en la práctica los procesos psicológicos son inseparables e interdependientes. Por esta razón, la teoría de Vygotsky es considerada dialéctica (Castorina, 2010), ya que los procesos siempre ocurren en relación unos con otros. Son, además, episódicos y simultáneos (Melchor y Rendón, 2001), pues se presentan conjuntamente durante todo el episodio psicológico. El tiempo psicológico en el que ocurren estos procesos es discreto, con un inicio y un final definidos, y episódico, en tanto se da de manera simultánea a lo largo del episodio delimitado por el observador.
En consecuencia, el tiempo en cada contacto psicológico no posee una temporalidad propia independiente, ya que el comportamiento psicológico es continuo y todo contacto implica la concurrencia simultánea de todos los procesos psicológicos. Así, la temporalidad de lo psicológico se establece en correspondencia con la duración cronológica del episodio analizado, generando un paralelismo entre el tiempo psicológico y el tiempo físico, sin que sea posible identificar un antes o un después entre los procesos psicológicos involucrados.
El tiempo en el conductismo radical
Skinner (1938) toma como objeto de estudio la conducta, entendida como la acción del organismo en relación con su medio. Esto plantea un aspecto importante a destacar, que es el carácter funcional de la conducta: no es meramente lo que hace un organismo, sino la relación que se establece entre lo que hace, y respecto qué lo hace.
Skinner menciona dos procesos conductuales distintos entre sí: el condicionamiento respondiente o tipo S, y el condicionamiento operante o tipo R. En el primero, se asocian dos estímulos entre sí, uno de los cuales ya producía una respuesta particular antes de la asociación, de tal forma que el segundo estímulo termina produciendo una respuesta muy similar a la que el primer estímulo produce. En el caso del condicionamiento operante o tipo R, se asocia una respuesta y un estímulo entre sí, lo cual incrementa/decrementa la probabilidad de que la respuesta se repita.
El condicionamiento operante y el respondiente, son dos distintos procesos que no difieren en complejidad entre sí, y cuyos cambios son medidos como incrementos o decrementos en la frecuencia de las respuestas por unidad de tiempo, y en la cantidad de respuestas posibles por parte de un organismo (Ribes y López, 1985; Ribes, 2015). La permanencia o cambio de lo psicológico está dada, entonces, por aspectos cuantitativos de las respuestas, y por aspectos cuantitativos de la cantidad de operantes y respondientes que conforman el repertorio conductual de los organismos. El cambio en lo psicológico es medido, entonces, como el cambio en la tasa de respuesta, o el incremento en la cantidad de respuestas posibles por parte de un organismo.
Una operante puede no ocurrir de manera generalizada en cualquier momento o situación (operante libre), sino que puede presentarse únicamente cuando se encuentre presente en la situación un estímulo particular (discriminación simple), un contexto específico (control contextual), o ante la presencia de dos o más estímulos relacionados entre sí (discriminación condicional). En los casos anteriores se habla de control de estímulo (Catania, 1976; Ribes, 2011), pues la respuesta es controlada por la presencia o ausencia de algún aspecto o aspectos del medio en que se comporta. En este caso, el responder no puede ser medido como mero incremento de las respuestas por unidad de tiempo, pues para que la respuesta sea efectiva en situaciones de control de estímulo, ésta debe presentarse únicamente ante el estímulo pertinente. En este caso, se evalúa el cambio en lo psicológico como incremento de respuestas pertinentes, las cuales pueden ser medidas como número de respuestas correctas, porcentaje de respuestas correctas, índice de precisión, índice de discriminación, o en el responder dado a distintos valores de un mismo estímulo que suele ser llamado gradiente de generalización, pues indica qué tanto la respuesta es controlada por un estímulo específico. El cambio de lo psicológico también es meramente cuantitativo en estos casos, pues se da como incremento en la cantidad de respuestas dadas ante un estímulo o estímulos específicos, y no ante otros.
El tiempo en la lógica de Skinner, además de como incremento cuantitativo del responder (ya sea discriminado o no), también puede ser analizado en cada contacto específico, es decir, al interior de cada respuesta. De este modo, el tiempo físico fue utilizado como medida de cuánto se presenta o se ausenta un estímulo, y como forma de evaluar el incremento o mantenimiento del número de respuestas por unidad de tiempo, conocido como tasa de respuesta. En consecuencia, el tiempo psicológico se discretizó, siendo tratado como momentos específicos de contacto, medidos en función de un continuo temporal (tiempo físico). En cada contacto psicológico, entonces, la temporalidad era medida como puntos en un plano temporal específico, donde, a mayor (o menor) cantidad de puntos de contacto, mayor cambio en lo psicológico había (Ribes, 1992; Lejeune et al., 2006).
Cuando la tasa de respuesta incrementa, se dice que es debido a que el estímulo que sigue a la emisión de la respuesta es reforzante (incrementa la probabilidad de ocurrencia de la respuesta), y cuando la tasa de respuesta decrementa, se dice que es debido a que el estímulo que sigue a la emisión de la respuesta es castigante (decrementa la probabilidad de ocurrencia de la respuesta). Un proceso cuyo efecto también es que la probabilidad de emisión de la respuesta decremente ocurre cuando se deja de presentar el estímulo reforzador de manera contingente a una respuesta. A este proceso, llamado extinción, le sigue un pico de respuestas (conocido como pico de extinción) y posteriormente un decremento en la tasa de respuesta hasta que prácticamente se deja de emitir (Katz y Lattal, 2020).
Los aspectos temporales de la situación se vuelven muy relevantes, pues generan control sobre la conducta (Catania, 1976; Gallistel y Gibbon, 2000), y dependiendo del valor que adquieran, cambia la distribución temporal de la respuesta. Esto quiere decir que dependiendo de los valores que adquieran los elementos de la situación, cambia el momento o momentos en que ocurre lo psicológico. La temporalidad de lo psicológico depende en gran medida de la temporalidad física de la situación: la primera, medida en términos discretos como momentos de contacto, y la segunda, medida como intervalos de tiempo físico de la presencia o ausencia de eventos específicos. En ambos casos, el tiempo es medido respecto de un continuo dado por segundos o minutos, es decir: por el tiempo cronológico.
El tiempo en el interconductismo
Kantor (1980) propone como objeto de estudio de la psicología la interconducta, definida como la interacción de un organismo completo con su medio ambiente. Lo psicológico es visto como un campo de interacción en el que todos los elementos que lo componen interactúan simultáneamente entre sí, determinando la conducta en función de aspectos organísmicos, históricos y situacionales.
Kantor (1978) estableció los criterios que una teoría psicológica debería de cumplir para ser considerada una teoría científica. Basados en ésta, Ribes y López (1985) posteriormente desarrollaron propiamente una teoría psicológica basada en dichos criterios, manteniendo como objeto de estudio la interconducta, pero ampliando su definición a «interacción del organismo total con su medio ambiente, físico, biológico y/o social» (p. 81). Definen a la interconducta como un campo de contingencias, donde los elementos se relacionan entre sí funcionalmente. Estas funciones pueden configurarse en 5 distintos niveles, los cuales son llamados niveles de aptitud funcional: función contextual, función suplementaria, función selectora, función sustitutivo referencial y función sustitutivo no referencial.
Los 5 niveles de aptitud funcional difieren entre sí en cuanto a su complejidad de acuerdo con dos criterios: nivel de mediación y grado de desligamiento funcional. El nivel de mediación es dado por el medio de contacto empleado en cada caso, que puede ser fisicoquímico, ecológico o convencional; mientras que el grado de desligamiento nos dice qué tanto la interacción psicológica se desliga de la situación específica en que tiene contacto. A mayor complejidad de la interacción psicológica, mayor grado de desligamiento funcional. Agregando que son inclusivas, es decir, las más complejas incluyen a las menos complejas.
La función contextual es aquella en la que el responder del organismo se ajusta a las regularidades temporales y espaciales de los eventos de su entorno, pero dicha respuesta no altera ni modifica, ni los eventos ni la relación que se establece entre estos.
La función suplementaria es en la que el responder del organismo no sólo se ajusta a las regularidades temporales y espaciales de los eventos de su entorno, sino que, además, esta respuesta modifica la regularidad temporal de uno o más eventos y la relación que se establece entre estos.
En la función selectora, la efectividad del responder del organismo está dada por las regularidades temporales y espaciales de los eventos de su entorno y su relación con otros eventos concurrentes, los cuales cambian momento a momento.
El nivel sustitutivo referencial es definido por el responder convencional del individuo, en el que se desliga de las propiedades fisicoquímicas de la situación presente, interactuando con contingencias de objetos, eventos o propiedades no presentes, mediado por la conducta convencional de otro o del mismo individuo, adoptando un carácter extrasituacional.
Finalmente, en el nivel sustitutivo no referencial, el responder convencional de un individuo se desliga de las propiedades fisicoquímicas de la situación presente, interactuando con contingencias lingüísticas que sólo tienen sentido respecto de otras contingencias lingüísticas, adoptando un carácter transituacional.
La categorización anterior permite comprender los diferentes procesos psicológicos (en este caso, los cinco niveles de aptitud funcional), así como el tránsito funcional entre ellos. Esto nos permite entender, en un momento dado, cómo está estructurado el campo de contingencias y el papel que desempeña cada uno de los elementos que la integran.
Dado que la conducta es un ajuste que se da entre el organismo y el medio ambiente, es importante mencionar que dicho ajuste no se da respecto de propiedades morfológicas, sino respecto del criterio de ajuste que la situación impone (Carpio, 1994), definido como la “demanda conductual que el organismo debe satisfacer en cada interacción” (Carpio, 2005, p. 62). Existen cinco distintos criterios de ajuste posibles, en correspondencia con cada uno de los niveles de aptitud funcional: ajustividad (contextual), efectividad (suplementario), pertinencia (selector), congruencia (sustitutivo referencial) y coherencia (sustitutivo no referencial). Esto marca pautas específicas que permiten analizar el desarrollo de habilidades en entornos específicos, denominados ámbitos. Una habilidad es la correspondencia funcional que se establece entre el organismo y los eventos del medio ambiente que permiten el ajuste a un criterio particular (Ribes, 1990). Esto implica que su desarrollo se da bajo situaciones específicas con criterios definidos.
Cuando se plantea la adecuación de una habilidad a situaciones novedosas o a criterios de ajuste distintos a aquellos en los que se desarrolló, ya no requerimos una correspondencia funcional a criterios definidos (habilidad), sino correspondencia funcional a criterios cambiantes morfológica o funcionalmente, mismos que se conceptualizan como competencias. Éstas entendidas como la disposición al desempeño efectivo en situaciones novedosas (Carpio et al., 2007).
El caso del desarrollo de habilidades o la promoción de competencias tienen implícito un elemento central: se requiere de un criterio de ajuste definido para que tengan lugar; sin embargo, existen situaciones en las que el criterio de ajuste no está claramente definido. En estas situaciones, es posible que el organismo se comporte, no respecto de alguna habilidad o competencia, sino creando un nuevo criterio al cual pueden ajustarse otros, o él mismo en un momento posterior. A este tipo de comportamiento, se le ha denominado: comportamiento creativo (Carpio, 2005; Carpio et al., 2007).
Se pueden notar, entonces, dos tipos de teorías dentro de la psicología interconductual: la teoría de proceso, que se encarga de encontrar cuáles son los tipos de interacciones que se pueden estructurar y el tránsito funcional entre ellos; y la teoría de desarrollo, que se encarga del estudio del tránsito funcional entre niveles de complejidad de las habilidades y competencias, dados ámbitos de desempeño específicos (Ribes, 1998).
En el caso de la teoría de proceso, el tiempo psicológico depende del nivel funcional en que ocurra la interacción (para más detalle ver Ribes, 1992). En este caso, tendríamos que especificar que el tiempo es dado por la presencia o ausencia de los objetos del medio, es decir, la dimensión temporal de la conducta está dada por la permanencia o cambio de los aspectos del medio ambiente (Ribes y Carpio, 1991).
En la función contextual, el tiempo psicológico corresponde al tiempo físico, ya que la adecuación funcional depende de las regularidades temporales del entorno. En la función suplementaria, el responder del organismo modifica la presencia o ausencia de aspectos del medio, subordinando el tiempo a la acción del organismo. En la función selectora existe una doble interdependencia temporal, ya que el responder del organismo se adecúa a cambios en el entorno, y a su vez, el responder del organismo produce cambios en el mismo.
En la función sustitutiva referencial, la temporalidad no depende del entorno presente, sino del entorno con el que se interactúa lingüísticamente, sustituyendo la temporalidad de la situación actual por la de la situación referida. En la función sustitutiva no referencial, al no existir correspondencia con aspectos situacionales, la temporalidad está dada exclusivamente por la interacción lingüística.
Como se puede observar, el tiempo psicológico en la teoría de proceso depende de la identificación del nivel funcional de la conducta para determinar la temporalidad de una interacción. En el caso de la teoría de desarrollo, la temporalidad no depende en sí misma del nivel de aptitud funcional, sino del tránsito funcional de una habilidad a competencia o comportamiento creativo. En este caso, la permanencia o cambio de lo psicológico se da en tanto se modifique una habilidad o competencia funcionalmente para el ajuste a situaciones novedosas, o para la creación de nuevos criterios. Es necesario mencionar que este cambio no es lineal ni secuencial, por lo que puede ser que se transite directamente de habilidad a comportamiento creativo, de competencia a comportamiento creativo, o nunca llegar a competencia o a comportamiento creativo.
Comentarios finales
El presente trabajo tuvo como objetivo delimitar el uso del concepto de tiempo en diferentes marcos teóricos de la psicología. Para ello se emplearon las herramientas proporcionadas por Wittgenstein (2017), analizando por ello el concepto de tiempo en su uso con el fin de determinar las reglas que enmarcan la pertinencia de su utilización. Esto quiere decir que, aun cuando existen diferencias entre el uso del concepto de tiempo derivado del objeto de estudio de cada marco teórico, podemos abstraer usos generales del concepto de estudio. En este sentido, podemos mencionar que, de forma general, siempre que se habla de tiempo psicológico se da en dos formas: a) como evaluación de la permanencia o cambio de lo psicológico (tercera persona); o b) como evaluación de un organismo de la permanencia o cambio de su propio hacer o de su entorno (primera persona).
Respecto de su uso en tercera persona, podemos decir que es dependiente de cuál sea el objeto de estudio que se defina, así como del armado teórico general. En este sentido, hablar de que lo psicológico cambia o no, implica definir qué es eso a lo que se va a llamar psicológico, qué tipos de cambios puede tener, y cuál será el marco de referencia respecto del cual se juzgará el antes y el después, es decir, los criterios bajo los cuales se definirá si cambia o no.
Dado que, dependiendo del armado teórico, existen referentes empíricos distintos que permitan evaluar la permanencia o cambio del tiempo psicológico, de igual forma es necesario establecer métodos de observación congruentes con dicha conceptualización. Esto implica la creación de metodologías específicas que permitan saber cuánto tiempo psicológico ha pasado.
Respecto del uso en primera persona: en todos los casos hace referencia a un hacer del organismo (si dicho hacer ocurre en la mente, en la conciencia o es una relación o interacción, es motivo de otra discusión) de acuerdo con su historia, la situación y/o su entorno cultural. En algunos casos hace referencia a cómo aprendemos a ajustarnos al tiempo físico, en otros casos a cómo aprendemos a ajustarnos al tiempo social, o a cómo aprendemos a ajustarnos a ambos. Podemos decir que el tiempo psicológico no es equivalente al tiempo social o al tiempo físico, sino siempre una individualización de alguno de estos o de ambos.
Tiempo entonces, es un concepto cuyo uso depende de la teoría respecto de la que se emplee, lo cual concuerda con la noción que plantean algunos filósofos de que El Tiempo (con mayúsculas) no existe como una entidad homogénea, sino que es más bien un concepto cuya pertinencia y observación es lingüística, es decir: es un concepto cuyo referente cambia en función de cómo y desde dónde se defina (Elias, 2010; Sinha et al., 2014).
Analizar las palabras en su definición y sobre todo en su uso, nos puede dar pistas acerca de las reglas que operan en el mismo, y bajo qué circunstancias son pertinentes. Es por ello que trabajos en donde se analice el uso de conceptos compartidos por distintas teorías y asociados a más de un uso o definición se vuelven relevantes para entender cómo se emplea dicho concepto, y poder entender no sólo su uso, sino su desarrollo, congruencia y pertinencia respecto de un armado teórico.
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Notas
- Carrera de Psicología, Facultad de Estudios Superiores Iztacala, Universidad Nacional Autónoma de México. Correo: renerincon4@gmail.com ↑
- Carrera de Psicología, Facultad de Estudios Superiores Iztacala, Universidad Nacional Autónoma de México. Correo: yosadesalia@gmail.com ↑
- Carrera de Psicología, Facultad de Estudios Superiores Iztacala, Universidad Nacional Autónoma de México. Correo: vpacheco@iztacala.unam.mx ↑
